Mito griego


Escuchen ¡mujeres! mi canción,
escuchen mi llanto, la desolación,
mi amada se fue, su hilo se cortó
¡maldigo al dios que me la quitó!
Aún veo su cuerpo frío en el suelo
¡la veo aún con su mortaja cual velo!
su hermoso cuerpo en la pira
y el fuego llevándosela con ira.

Por noches mi odio y dolor
luchaban contra mi amor
¡odiaba al mundo por llevarte!
¡haría algo para recuperarte!
¡Juré que ni Zeus me detendría!
¡Traerte nada me lo impediría!

Toqué mi lira con quebranto,
la toqué con todo mi llanto,
y dioses benditos al oírme,
no tardaron en decirme,
como podía descender
y el inframundo recorrer.

¡Oh buenas mujeres pálidas!
¡Oigan mis canciones no cálidas!
Bajé al nigérrimo y sacro Hades,
para convencer a las deidades,
que me permitieran recuperarla,
y de la odiosa muerte librarla.

Canté con gran devoción,
canté con convicción,
tan triste fue mi melodía,
que el barquero me dio vía
para cruzar las aguas tales
que no eran para mortales
y ya en lo muy profundo,
el can del inframundo
al escuchar mi canción,
se le apiadó el corazón,
y pase al trono me dio
y su alma se entristeció.

¡Oh mujeres buenas y heladas,
de palos y hachas armadas!,
ahí estaba sentada la reina
y el gran rey que gobierna
todo el inframundo
y este estaba furibundo,
pues ningún mortal, ni el más osado,
podía bajar y estar a su lado.

Antes que pudiera hacer nada,
canté con toda mi fuerza dada.
Mi amor y dolor se mezclaron,
y por la letra ellos lloraron.
Hierro y hielo derretidos,
sus corazones compungidos.

“¡Lleva a tu amada noble Orfeo,
pero ten cuidado con tu deseo!
-decía el rey del Inframundo
y lo decía con sentimiento profundo-.
La hermosa Eurídice te seguirá,
mas como sombra ella lo hará,
y solo tendrá cuerpo mortal,
cuando salgan juntos del portal,
mas ahora su alma frágil está
y si la miras, se esfumará.
¡Por eso no mires atrás,
no lo hagas jamás!”

Salí del trono agradecido,
a Eurídice había sentido,
quise mirarla y abrazarla,
besarla y amarla,
pero al fin no hice nada
la advertencia estaba dada.

¡Escuchen mujeres aqueas
escuchen y enciendan las teas!
¡La oscuridad ya está llegando
y mi canción y hado terminando!

Regresé por el camino andado,
crucé el sacro río navegado,
siempre mirando adelante,
pues la advertencia era apremiante.
Mucho tiempo pasó, días enteros quizás
y solo podía escuchar, ligeros pasos atrás.

¡Oh mujeres divinas!
¡Al fin vi las luces albinas
del sol que indicaban
que nuestras penas ya terminaban
pero ¡oh, malditos sentidos!
¡Oh, malditos, perversos oídos!
Mientras más me acercaba,
sus pasos menos escuchaba.

¡Mujeres de rostros fieros,
acerquen ya sus hierros!
¡La angustia me embargaba!
¿Mi Eurídice amada, atrás de mí estaba?
No, no podía voltear,
¡estaba prohibido mirar!
Mas al estar a un paso del portal,
a un paso del mundo mortal,
no escuché nada
¡Y oh, elección desgraciada!
Volteé y horror tuve al mirarla
pues manos negras venían a apresarla
y su rostro llorando yo veía,
tormento y pesar mi alma tenía.

Intenté con enojo regresar,
al Hades con arrojo retornar,
mas todo era en vano,
¡todo terminado por mi mano!
¡Maldije al destino adverso!
¡Maldije al mundo perverso!
¡Maldije a todos con espanto
y que escucharan todos mi quebranto!
¡Mi voz ahora maldeciría
y ninguna mujer feliz sería!

Por meses canté mi abominable canción,
y en todas sus almas había desesperación,
sus vientres se secaban,
sus vidas se acortaban,
y nada me importaba,
pues mi amada ya no estaba.

Pobres mujeres desdichadas,
sus vidas estaban desahuciadas,
imploraron a los dioses con fervor,
suplicaron a los dioses el favor
de quitarles la horrible maldición,
mas ninguno escuchó su petición,
mas algo les llegó del dios mensajero,
que siquiera actuó de consejero,
si ellas querían mi maldad acabar.
ellas mismas tenían que actuar

Y ese es el final de mi historia,
que tendrá una muerte sin gloria,
¡Ahora vengan vengan a mi descansar
mujeres malditas por mi cantar!
¡Oh dulces damas de rostro adusto
vengan y hagan lo justo!
Pues mi dicha ha acabado
yo mismo la he matado.
¡Claven, claven los puñales,
denme, denme golpe tales
que acaben con mi vida
pues esta es ida
si no estoy con mi amada
mi Eurídice adorada.

Y estos son mis últimos versos,
después de mis actos perversos.
Disculpen mujeres gloriosas,
disculpen mis acciones odiosas,
y ahora por esto, les agradezco,
de todo corazón, mientras fallezco,
Pues ahora estaré con mi amada,
y está triste historia está acabada.

 

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