Tigre agazapado, dragón escondido (I)


¡Buenos días a todos! Esta semana haré algo diferente, generalmente soy más de escribir poemas que cuentos en este blog (creo que son más de 100 poemas y dos cuentos) así que decidí publicar uno de los que no pude publicar en una antología. Lo voy a publicar en partes porque es un cuento largo, y espero que les guste.

Pd. Les he puesto un enlace de Wikipedia a los términos que no son comunes.

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Desde que fui bendecido por los cielos con la inmortalidad, he sido testigo de innumerables eras; he visto el inicio y final de doradas dinastías, vi como el Emperador Amarillo llegó al poder. He recorrido montañas, ríos, planicies y nevados. He sido testigo del nacimiento de mortales, bestias divinas, dioses y grandes héroes y de cómo todos sucumben por el peso de sus propias acciones. No hay nada que no haya visto en Zhongguo y sin embargo aún no sabía cuál era mi Dao, mi Camino, lo que tanto anhelaba y nunca conseguía.

Cansado de mi ignorancia, decidí dejar de buscar y detenerme en el tiempo. Busqué un lugar cerca de una hermosa cascada y construí una choza. Por años estuve sin comer o beber alimentos, solo meditaba para tranquilizar mi corazón orgulloso, herido por mi propia falta de sabiduría. Muchos al conocer de mi paradero vinieron hacia mi humilde choza a pedir que los ayudara y a nadie le prestaba atención. No importara que fueran grandes reyes, hermosas diosas o iracundos generales, todos valían para mí lo mismo que un copo de nieve en invierno. A pesar de eso, miles siguieron yendo a mi choza, buscando la inmortalidad, pues solo esta podía garantizarte el reconocimiento de los cielos y la felicidad.

Hubo una vez que un gran general, jamás vencido y amado por todos, entró a mi choza con prepotencia y a punta de lanza quería obligarme a que le enseñara los grandes secretos de la inmortalidad. Al ver esto los que sabían que pasaría se alejaron cien pasos de nosotros, y el resto por miedo los siguió. Salí de mi meditación y me levanté. «¿Deseas ser inmortal?», le pregunté tranquilamente y con prepotencia respondió que era su derecho divino y que era parte de su Dao. Me acerqué a él, lo toqué y desapareció. Todos me veían y no sabían por qué habían retrocedido, nadie se acordaba ya del gran general amado por todos. Nadie jamás volvería a recordar a ese hombre necio que decía conocer su Dao.

Años pasaron y cada vez menos gente iba a la choza, nunca les dije nada que pudieran ayudarlos y se dieron cuenta que por más oro, mujeres, hombres, especias y otros que me ofrecieran, jamás saldría algo de mi boca, pues ¿cómo podría dar conocimiento alguien que es ignorante de su propio Dao? No tenía sentido. Diez años después la choza estaba tan vacía como cuando empecé y ya todos se habían dado por vencidos; al fin podría meditar en paz.

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