Tigre agazapado, dragón escondido (V)


A la mañana siguiente fui de nuevo al río y ahí seguía la carpa, aún intentado remontar la imposible cascada. Al verme, se acercó y me saludó. Luego me indicó que empezara a hacer la fogata. Reuní la yesca y las dos mismas piedras que había usado anteriormente y empecé el trabajo. La primera vez no salió chispa, ni la segunda y menos la tercera, así hasta la novena. La décima vez junté demasiado cerca las piedras a mis dedos y terminé aplastando el meñique derecho. No salió sangre, pero en un acto de cólera por el dolor, tiré una de las piedras. «Recógela y empieza de nuevo —dijo la carpa—, yo seguiré intentado alcanzar mi Dao». Fui a recogerla y el pez volvió a intentar la imposible. Seguí intentando arduamente hasta que por fin lo logré. Es ridículo pensarlo, pero me sentí tan bien al prender esa maldita hoguera como cuando me volví inmortal. El sol ya se estaba ocultando, pero eso no me importó; ya tenía el fuego que necesitaba. El pez, terminado ya sus intentos, me felicitó por haberlo logrado y me preguntó si necesitaba más medicina. Le contesté que no creía que fuera necesario, pero el al verme me contraargumentó diciendo que aún debía seguir con el tratamiento por si acaso. Terminado de decir esto, vi a un zorro que se acercaba sigilosamente con hierba en su hocico y las puso en frente de mí. «Gracias, Señor zorro, como siempre le agradezco su gentileza», agradeció el pez al zorro, este hizo una venia y se marchó. 

¿Qué clase de pez era ese que podía pedir favores a los zorros? En mis miles de años jamás había visto algo como eso. Los peces pueden ser señores de las aguas, pero jamás de la tierra; no tienen poder para eso. Intrigado, le pregunté. «No hay nada extraño en eso, el zorro es un compañero en la búsqueda del Dao, lo menos que podemos hacer es ayudarnos entre nosotros, ¿no crees?» Algo que es muy fácil de decir para la carpa, es casi imposible de hacer para los humanos. No es que jamás nos ayudemos, siempre hay maestros dispuestos a compartir sus conocimientos a nuevos discípulos; pero siempre es para dejar un legado y que los ayuden a encontrar sus Daos, no porque en verdad quieran hacerlo para ayudarlos. ¿Es que acaso este simple pez era la reencarnación de un Buda? Sé que era una locura, pero no había otra explicación.

«Algunos humanos cuando me oyen hablar piensan que soy una bestia divina o un dios, pero soy una simple carpa —dijo como si pudiera leerme la mente—. Hace más de 600 años fue la primera vez que escuché acerca del Dao de un hombre santo que empezó a meditar justo en el mismo lugar donde estás ahora. Aún recuerdo sus palabras y como poco a poco iban despertando mi consciencia. Nos miramos por un breve periodo de tiempo y el hombre santo me sonrió y en esa sonrisa pude ver un pequeño destello de lo que era el Dao y desde ese entonces lo busco sin cesar y no pararé hasta poder sentir de nuevo la iluminación de ese día, tan fresca como brisa de primavera, tan brillante como el sol de verano».

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