Tigre agazapado, dragón escondido (IX)


Volví a la habitación llevando un paquete que horrorizó al Magistrado, eran las cabezas de todos sus soldados; se las lancé y le dije que me dijera lo que quería saber. Aun asustado no me quiso dar la información. Volví a salir y cuando regresé, le lance las cabezas de todos sus sirvientes, sin importar género o edad, todas sus cabezas estaban ahí. El pobre temblaba como si fuera la noche más fría, pero aun así no dijo nada. Salí.

Esta vez traje algo que lo hizo gritar con desesperación, era toda su familia, que aún estaba viva. Tenía, además de su esposa, tres hijos. El mayor no tendría más de 12 años, ya pronto se convertiría en todo un hombre, el segundo era todavía un niño y estaba aterrado, la última era una hermosa niña, cuando creciera sería la flor más preciosa del jardín del Magistrado. La agarré, la golpeé para que se desmayara y le corté el cuello. El Magistrado uso todas sus fuerza para romper sus ataduras, pero era inútil, estaba llorando y su rostro mostraba una furia que hubiera espantados a los propios dioses, mas a mí no me importaba nada de eso, solo quería saber quién había sido el traidor. «Tienes tres oportunidades más», fue lo único que le dije y me aproximé al segundo hijo. La mujer lloraba inconsolablemente, pero al ver que lo que iba a hacer, sacó fuerzas, se levantó y de un salto se interpuso entre su hijo y yo. Admiré su fuerza, sus ojos eran los de la leona y un fuego intenso brotaba de su ser. Golpeé a los niños, los dejé inconscientes y acerqué el cuchillo al cuello de la mujer. Todos mis movimientos fueron tan rápidos que no le di tiempo para reaccionar. «Ya perdiste un tesoro del Cielo, ¿deseas perder otro?» El Magistrado al ver a su amada hija muerta y a su adorada esposa a punto de sufrir el mismo cruel destino, por fin cedió y con una furia inigualable me dijo quién había sido mientras maldecía mi existencia. Desaté al menor y me fui.

A la noche siguiente llegué a mi destino, un hermoso templo budista, dorado y sagrado. Entré con sigilo, sin asesinar a nadie para no profanarlo, hasta llegar con el traidor. En un gran salón vacío se encontraba el monje con el que había pasado tantos días discutiendo acerca de la virtud y la justicia de los cielos. Estaba meditando y cuando me sintió abrió los ojos calmadamente. Me vio y me invitó a que saliéramos, acepté.

«¿Vienes a matarme?», me preguntó tranquilo, yo asentí. «Solo hice lo que era correcto, el destino quiso que ellos me rescataran para yo poder llevarlos al buen camino, pero tú insistías que no era necesario. Tal vez si ellos no te hubieran encontrado primero ellos seguirían con vida y podrían conseguir la iluminación, pero no fue así. Si ellos están muertos es porque tú no les ensañaste el bien del mal, porque desobedeciste las leyes celestiales, por eso tuve la obligación moral de entregarlos.

»Yo…yo no sabía qué el Magistrado iba matar a todos. Le supliqué que aunque sea dejara a los niños al cuidado del templo, nosotros los guiaríamos por el buen camino; pero él no quería, insistió que era su deber mostrar a todos que quienes no cumplían las leyes divinas debían sufrir las consecuencias de sus actos, al igual que sus generaciones anteriores y posteriores, así estaba escrito.

»Sé lo que hiciste en la casa del Magistrado, te convertiste en un dios de la muerte, incluso mataste inocentes por tu sed de venganza. ¡Una niña! ¡Mataste una niña! ¡¿Qué culpa tenía ella?! No… no puedo echarte solo a ti la culpa de esto, ¿qué culpa tenían esos niños de los crímenes de sus padres? Es lo mismo, es el ciclo del karma cerrando lo que yo empecé con mis acciones, por puras  y morales que hayan sido. Yo, yo —suspiró resignado—… haz lo que tengas que hacer».

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