Tigre agazapado, dragón escondido (X)


Lo miré y le clavé la misma cuchilla que usaba para tallar en el corazón. Ambos seguíamos viéndonos, ambos con calma hasta que por fin murió. Le cerré los ojos, lo cargué hasta la entrada de donde salimos y lo dejé en el piso. Me despedí de él y me marché, ya había cumplido mi venganza… pero no estaba satisfecho.

Todos habíamos hecho lo que creíamos teníamos que hacer. El monje se guío por sus enseñanzas, el Magistrado por la ley y yo por la venganza justa. ¿Había alguien que estuviera errado? ¿Acaso todos lo estábamos? Todos nos guiamos  por lo que el cielo nos decía, ¿por qué teníamos que hacerlo? Me sentía confundido y corrí, corrí hacía la montaña más alta del lugar y subí hasta llegar al pico, sin importar lo cansado o adolorido que estuviera, seguí subiendo y cuando llegué a la cumbre… grité. Un grito tan fuerte que parecía que la montaña iba a desatar toda su furia. Grité por el dolor, por la confusión que sentía, me sentía perdido y no sabía que hacer. Solo sabía que algo estaba mal en un mundo donde no se podía saber quién tenía la razón y quién no. ¡Los cielos estaban contentos mientras los hombres estaban perdidos y no hacían nada! ¡Se quedaban extasiados por su poder y no querían cambiar! ¡Se contentaban con mandar leyes sin ver la justicia y humanidad de estas! ¡Los cielos no eran perfectos ni divinos! ¡Los cielos estaban podridos!

Seguí maldiciendo a los cielos hasta que estos se abrieron y empezaron a lanzar relámpagos, retándome. Seguí gritando sin importar que los rayos se me acercaban cada vez más. ¡Si los cielos querían retarme, ahí estaba yo! ¡Nadie me iba a callar! ¡Aún si me mataban, los cielos no iban a impedir que calmara mi dolor y reclamara al mundo! ¡Los cielos no eran nada!

Un rayo me atacó y sentí como la piel se me quemaba, como mi corazón dejaba de latir y me sofocaba. Iba a morir, jamás volvería a ser inmortal, pero eso ya no me importaba, muy en el fondo sabía que era imposible volver a serlo, solo los cielos podían dar la inmortalidad.

¡Imposible! ¡Retar a los cielos como mortal era imposible! Como inmortal, siempre temía perder su gracia divina, ¿pero ahora como mortal? ¿Tenía igual que temerles? ¿Qué sufrirlos? ¡Jamás! ¡Si tenía que morir sería desafiándolos! ¡Ese sería mi Dao!

Dejé de sentir dolor y vi como la piel quemada se iba cayendo para dejar paso a una piel lozana a pesar que los rayos seguían golpeándome. Ahora que había encontrado mi Dao, había vuelto a ser inmortal, muy a pesar de la furia celestial. Me reí como jamás lo había hecho y me quedé sentado en la cima, viendo como los rayos seguían iracundos sin poder dañarme. Los rayos se hicieron color carmesí, tan poderosos que hubieran podido quebrar el monte Tai y empecé a sentir un ligero cosquilleo en la piel. Viendo esto, los cielos mandaron rayos púrpura pero estos tampoco me hacían dañó, yo simplemente me reía de lo obstinados que eran, ¿qué podían hacerme ahora que era inmortal? ¡Incluso los dioses lo pensarían antes de luchar contra mí!

Por fin los rayos pararon y las nubes se despejaron, quisieran o no, ahora los cielos tenían que aceptarme de nuevo como inmortal. Baje de la montaña, ahora me era fácil descubrir dónde estaban los cuerpos de los pobladores y los sepulté dignamente. Me acerqué al templo del monje y me despedí de él recordando las buenas conversaciones que tuvimos, cerrando la rueda del karma con él. Por último me acerca donde el Magistrado y le hice soñar a él y a su familia dulces sueños para que pudieran descansar. No podía devolver la vida a la niña, pero al menos los vivos no sufrirían mucho.

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