Tigre agazapado, dragón escondido (XI)


Al terminar eso, decidí volver a ver a mi maestro, era lo mínimo que podía hacer. Pedí a los vientos que me asistieran y estos sorprendidos, aceptaron llevarme de buen grado. Se sentía diferente a cuando los obligaba, me hacía sentir bien. No tardé en llegar a la cascada, me acerqué a él y vi que estaba aún intentado vencer su imposible. Cuando él me vio fue hacia la orilla y nos pusimos a conversar. Le conté todo lo que había pasado y de cómo había regresado mi inmortalidad y cuál iba a ser mi Dao.

«¡Desafiar al cielo! —exclamó mi Maestro sorprendido—, ¡ese es un Dao digno de un inmortal!, pero será un casi imposible de lograr, ¿seguro que deseas seguirlo?» No había mucho qué pensar, la tarea sería titánica, algunos dirían que hasta imposible, pero justamente ese era el Camino, lograr lo imposible, cambiar lo incambiable. Mi maestro asintió y empezamos a conversar de otras cosas.

A pesar que me había convertido de nuevo en inmortal, la humilde carpa me seguía sorprendiendo por su sabiduría y quería ayudarlo. Le dije que si quería podía darle una mano para que lograra su imposible. Me lo agradeció, pero dijo que no era necesario; por mucho tiempo él sabía que podía lograrlo, sin embargo su miedo se lo impedía. «Parece curioso que yo el que te hablaba de los imposibles tuviera miedo, ¿no? Lo sé, es irónico; pero es que es más fácil hablar que actuar. Tenía miedo de hacer enojar a los cielos y eso me congelaba. En ese momento no comprendía que era lo que me detenía, pensé que el problema era yo y que toda la vida sería un simple pez, sin embargo ahora al escucharte, por primera vez he comprendido la verdadera razón y también por qué es inútil temer a los cielos. Debemos ser como el río, cambiantes y llenos de fuerza; si debo desafiar a los cielos, para cambiar, entonces ¡los desafiaré con orgullo!». Al terminar de hablar mi maestro nadó hasta la catarata y con movimientos sublimes empezó a remontarla, como si fuera tan fácil como comer. Cuando por fin lo logró, vi algo que en ninguna generación había visto. La pequeña carpa empezó a crecer y se convirtió en un feroz dragón. Los cielos se abrieron de nuevo y rayos dorados tronaban con indignación, pero nada podía contra un ser supremo. Un rugido que paralizó los vientos y la tierra, fue suficiente para que esos rayos tan orgullosos desaparecieran. Al verlo tan majestuoso, me postré ante él. «No hagas eso, no importa si soy una dragón o una carpa; sigo siendo el mismo. No deseo ser reverenciado, solo deseo lograr el Dao, hoy he logrado el verdadero primer paso para ese objetivo».

Me levanté y me emocionó su humildad; le dije que yo siempre sería su discípulo sin importar cuántas eras pasaran. De pronto una duda me entró, no sabía su nombre. Se lo pregunté y luego de un tiempo, me respondió: «cuando nací, no tenía nombre; las carpas no hacemos eso. Cuando escuché las palabras que cambiaron mi vida, decidí tener uno pero no sabía cuál. Un día, luego de innumerables conversaciones que escuchaba, una frase se me quedó grabada y supe que ese sería mi nombre… mi nombre es Cang Long».

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