Claudia: De cómo la vida continúa (II)


Advertencia: temas maduros, +18 años

CLAUDIA

Diana me abrazó con fuerza y yo… no supe qué hacer. Me quedé congelada, pero solo tardé unos segundos en derrumbarme. Necesitaba ese abrazo. Empecé a llorar como Magdalena y aunque quería evitar que la gente de la calle me viera, no podía evitarlo. Una parte de mí me decía que la dejara entrar y siguiera llorando lejos de las miradas de los chismosos, pero otra parte me decía que eso no importaba, al carajo con ellos: necesitaba eso. Estuvimos así todo el tiempo que necesité para poder calmarme y entrar.

Antes de abrir la puerta hice un pequeño ruido de dolor y fue en ese momento que ella vio mi mano vendada torpemente y bañada en sangre. Se me acercó angustiada, pero la calmé diciéndole que fue un corte con un vidrio y que si bien había salido mucha sangre, el corte en sí, era superficial.

Entramos.

Mi casa estaba a oscuras y cuando encendí las luces ella vio que mucha de mi cristalería estaba destrozada en el piso. No dijo nada, pero en su cara podía ver perfectamente su angustia. Se notaba a leguas que quería preguntarme sobre todo lo que estaba pasando, pero a agradecí que me diera tiempo para ordenar mis ideas. Ella siempre supo cómo lidiar conmigo. Le dije si quería algo para tomar y me dijo que un whisky estaría bien. Me acerqué al pequeño bar que tengo, saqué un etiqueta dorada que me compré en el aeropuerto y… no tenía vasos. Tuve que ir a la cocina a traer algunos. No encontré ninguno de vidrio, solo habían unos de plástico con la cara de Mickey Mouse y el pato Donald que mis sobrinos usan cuando vienen a visitarme. ¿No tendría más sentido si también le dijéramos Donald Duck? ¿Por qué a Micky dejamos su característica ratonil en inglés y a la de Donald la castellanizamos? No tenía sentido… Suspiré, nada tenía sentido.

Cuando regresé a la sala vi que Diana estaba terminando de conversar por teléfono. Le mostré los vasos y me disculpe por la falta de unos mejores. Le serví el whisky en las rocas en el vaso de Micky y yo me quedé con mi favorito.

Empezó a tomar el licor y por minutos no dijimos nada. Yo intentaba mirarla a la cara, pero no podía. Las dudas me entraban a raudales y lo único que podía hacer en ese momento era pensar si todo esto sería una buena idea. Ya no quedaba otra, tenía que decir algo.

Respiré, vi la cara de Donald y luego la de Diana y tomé todo el vaso de whisky hasta el fondo.

«Claudia —comencé—, ¿te acuerdas de esa vez que salí a tonear con un pata de Tinder? El irlandés. Todos mis problemas empezaron por eso. Fuimos a bailar y no sentí que hubiera química entre nosotros, así que lo corté de hachazo. Seguro supuso que yo iba a caer fácil, pero no, no fue así. Así que estaba claramente enojado, pero, a pesar de todo, no hizo nada de roche y se fue de la disco.

Ahí conocí a un pata y empezamos a bailar y tomar unos tragos. Nos fuimos al baño y empezamos a agarrar. Al parecer hicimos mucho ruido porque nos los de seguridad nos sacaron de ahí y nos botaron del local. Yo… estaba excitada. No te voy a mentir diciendo que jamás había hecho algo como eso y por eso mismo no me pareció en lo absoluto raro que me dijera para irnos a un hostal.

Subimos a nuestro cuarto y empezamos a…»

—Claudia, —me interrumpe casi desesperada— ¿a dónde quieres llegar con eso? Dejas de hablar a todos tus amigos, me llamas de la nada luego de semanas, te veo llorando y con la mano rota, tu casa hecha mierda y ¿ahora te pones a conversar del tipo al que te levantaste? Déjate de huevadas y dime qué te pasó.

La forma como me dijo todo eso me impactó. Ella siempre me había tenido aprecio, pero ahora solo veía enojo. Me sentía destrozada y volví a llorar.

Eso hizo que Diana se levantara y se acercara a mí para volver a abrazarme. Ahora en su rostro veía algo peor que lástima, veía lástima. Me alejé de ella, no quería su lástima, no quería sentirme así, no quería nada de esto. tiré el vaso al piso y sentí como mi mano cortada empezaba a latirme fuertemente. Me empezó a doler horriblemente. Ya no pude resistir más y un volcán erupcionó en mi alma y boté todo lo que tenía que salir.

«¡¿Quieres saber qué me pasó?! ¡¿En serio quieres saberlo?! ¡FUI VIOLADA, huevona, VIOLADA! ¡Ya, listo, ya lo sabes! ¡Ya te puedes largar! ¡VETE!»

Volví a llorar desconsoladamente, no podía detener las lágrimas, no quería hacerlo. Esta vez Diana no se me acercó, pero su rostro palideció.

No sabía qué hacer, yo tampoco. Estuvimos en un incomodo silencio, solo roto por mis llantos, por una eternidad.

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