Claudia: De cómo la vida continúa (III)


Advertencia: temas maduros, +18 años

DIANA II

Estaba en shock. Sinceramente no quería creerlo. Pero la estaba viendo llorar y sufrir. No sabía qué decir ni qué hacer. Me senté en uno de los sofás, agarrando fuertemente mi vaso y solo se me ocurrió preguntarle cómo pasó casi en un susurro.

Claudia me miró, pero me di cuenta que no era que me estuviera mirando en realidad a mí, sino que miraba a la nada, pensando qué iba a decir. Al fin, suspiró y comenzó.

«Fue el pata con el que salí de la disco. El imbécil ese apenas me tuvo en su cama me empezó a morder fuerte y a insultarme que era una puta, una perra. Yo no quería nada de eso y me levanté para irme, pero el hijo de puta me dio un puñetazo en el estómago que me dejó sin aire y a su merced.

Me tiró en la cama y me empezó a penetrar. Yo aún tenía dificultades para respirar, pero eso a él no le importó. Me penetró… fue horrible… no puedes imaginarte el dolor. Lo peor fue cuando eyaculó, sentí como entraba sus fluidos en mi cuerpo, me dio asco. Luego me empezó a acariciar, se me escarapeló la piel, sentí un frio en todo mi cuerpo. Me preguntó que cómo lo había sentido, si fue tan placentero para mí como lo fue para él. Yo no quise decir nada, ni siquiera podía respirar bien aún, pero tenía miedo, simplemente me quedé congelada con la pregunta. La mano que me acariciaba pronto dejó de hacerlo y me agarró fuertemente el brazo. “Sí, sí, me gustó”, dije casi gritando. Mi respuesta fue tan rápida que por un instante no supe quién había dicho eso: el miedo había hablado por mí.

“Qué bueno que te haya gustado”, dijo y se empezó a cambiar. Cuando terminó, se acercó a mí y yo no pude moverme, como si estuviera hecha de piedra. “Pagaré la noche, así que descansa aquí si deseas. ¿Qué buena cogida, no? Espero volver a repetirla”.

Escuché cerrar la puerta y tal vez pienses que lo primero que hubiera hecho sería gritar, decir a todo el mundo que me habían violado, pero… no salí, no dije nada; simplemente me quedé a oscuras esperando que todo eso fuera una pesadilla. Temía que fuera a volver, pero no podía moverme. No sabía qué hacer.

Pasaron horas sin que me moviera. Sólo cuando estuve totalmente segura que ya no iba a venir, me cambié lo más rápido que pude y salí de ahí aparentando que no pasó nada. Sentía que todos los hombres que me veían, estaban pensando en violarme y que las mujeres me veían con alegría por lo que me había pasado. Sé que era una tontería, pero así me sentía en ese momento».

Se puso a llorar de nuevo. Su nerviosismo fue evidente durante todo el relato. No podía mirarme a los ojos, estaba avergonzada.

Me sentí mal por ella, quería ayudarla, pero no sabía cómo. Pensé en ir a la policía, pero sabía que sería inútil. Ella no estaba en estos momentos para poder enfrentar algo así y más aún cuando nuestra policía no tiene muchas veces el tacto para ayudar a mujeres violadas, o incluso podían no darle importancia a su declaración. ¿Qué podía hacer?

«No fue tu culpa», le dije sin pensarlo. Me miró con cara extrañada, como si se lo hubiera dicho en un idioma desconocido. «Sé que no fue mi culpa», me respondió. Le volví a decir lo mismo y esta vez se quedó pensativa. «No fue tu culpa», por tercera vez y ya no pudo aguantar. Se cayó al suelo de rodillas y tapó su cara con las manos. Me arrodillé junto a ella y la abracé.

Simplemente no era su culpa.

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