Claudia: De cómo la vida continúa (VI)


Advertencia: temas maduros, +18 años

REUNIÓN
CLAUDIA

Luego del susto de saber que vendrían a mi casa, llamé de nuevo a ese número y la persona me explicó que serían unas ocho personas las que irían; le pregunté si había problema de que estuvieran mis amigos ahí. Al principio dudó, pero luego me dijo que no habría problema, pero que no podrían estar cerca a nosotros al menos en la primera sesión, pero podrían estar con nosotros luego de que terminara.. Debo admitir que me dio muy mala espina eso, sin embargo, me hizo una pregunta clara y simple: «¿quisieras que al momento de contar lo que te pasó, estuvieras frente a un desconocido que no h sufrido lo que uno a sufrido?» Quise decirle que yo no tendría problema, mas no dije nada. Me acordé como me comporté cuando me enteré que Manuel sabía. Acepté a regañadientes.

El viernes tenía todo listo para la reunión. Compré gaseosas, algunos bocaditos y muchos, muchos vasos nuevos. Los primeros en llegar fueron Diana y Manuel que me ayudaron con el acomodo de sillas, preparar y servir los bocaditos entre otras cosas triviales. Luego de unas horas tocaron el timbre, ellos dos se quedaron en la sala y yo fui a abrir la puerta. El que estaba ahí, era un hombre de unos 30 años, blanquiñoso, ojo marrones oscuros y cabello negro, su rostro no era nada extraordinario y menos su físico. Estaba acompañado de una señora de igual edad, tez cobriza, de ojos y cabellos negros, simpática y una niña de unos 12, mismas características, pero mucho más bonita que la madre. Me sorprendió verla, pero supuse que la señora no tuvo dónde dejar a su hija. Hice que pasaran y nos presentamos en el jardín de la entrada. Por su voz, supe que él era con quien hablaba por teléfono. Se llamaba , italiano de nacimiento, pero criado en Perú. La señora era Lupe Condori Rodríguez y su sobrina era Yéssica Gómez y me sorprendió saber que tenía 14 años.

Hice que pasaran a la sala y para ese momento Diana y Manuel ya estaban en alguna otra parte. Se sentaron y les ofrecí bocaditos, los adultos agarraron unos pocos y la joven los imitó, pero al decirle que podía agarrar más si quería, lo hizo con gusto. Quisiera decir que empezamos a conversar desde el primer momento, pero eso no fue lo que pasó, estaba todo particularmente callado y si n hubiera sido por Yéssica, estoy segura que todo se hubiera ido al demonio. Ella se puso a ver con interés las réplicas de Picasso que tenía colgadas (un Guernica, un Señoritas de Avignon y un Los tres músicos), se levantó para verlas de cerca y me dijo que no las entendía. He de confesar que la única razón por la que las compré, fue porque me parecieron bonitas, no sabía nada de arte y si sabía quién era Picasso era por cultura general y nada más. Me empezó a preguntar sobre las pinturas, pero le dije que no podía explicarle, en ese momento Gianfranco se paró y empezó a explicarle algunas cosas. Se notaba que tampoco era un experto, pero al menos sabía mucho más que yo. Estuvimos así por unos minutos más hasta que tocaron el timbre. Salí y Gianfranco me acompañó.

En el mismo sitio de la vez anterior, nos saludamos. Eran tres mujeres totalmente dispares. La de más edad, Laura Quispe Vilca, de 60 años, vestía con polleras. Su tez era bronceada tanto por su color natural como por los años bajo el sol. Sus ojos eran grises y pequeños, sus dientes estaban muy amarillos y creía ver que le faltaba uno. Hablaba con el típico dejo de la sierra y era la más cortés del grupo. La otra mujer era una joven de 25 años, blanca, con cabello teñido de rubio y con un bividí negro con un estampado horrible. En su hombro derecho estaba tatuada una palabra china y aunque no los veía, estaba segura que tenía más. Tenía una cara bonita, pero el piercing en la ceja la malograba. Su nombre era Zoila Baca de Campo. Evité reírme a tiempo, dudo que a ella le hubiera hecho gracia. La última se llamaba Emilia Bazán Araujo, de 30 años, una chica trigueña de cabellos oscuros. La única que usaba lentes y estaba vestida como una oficinista.

Entramos a la sala y tanto Lupe como Yéssica las saludaron con afecto. «Ya casi estamos todos —dijo Gianfranco—, hay que esperar unos diez minutos que el grupo restante me acaba de avisar que están por acá». Ahora la sala estaba más amena, pero yo aún me sentía dejada de lado. Al ver eso, Zoila se me acercó y me empezó a hablar. Me preguntó que me parecía su nombre, le dije que me parecía interesante. Ella me miró sería al principio y luego se puso a reír. «Mis padres tuvieron un retorcido sentido del humor —dijo ella sonriendo—, y supongo que yo también porque justo se me ocurrió casarme con alguien de apellido Campo. Aunque es cierto que tiene sus usos, como romper el hielo en una conversación».

Me reí y empezamos a charlar. Me preguntó también por los Picassos pero le di la misma respuesta que a Yéssica. «Una lástima —dijo—, pero eso tiene remedio. ¿Te gustan lo museos? Podríamos ir a uno cuantos si quieres». Iba a responderle cundo tocaron de nuevo. Me disculpé con ella y fui a atender, de nuevo Gianfranco me acompañó.

Esta vez eran dos mujeres y un hombre. Sheyla Bell era una gringa típica, alta, esbelta y rubia casi yendo al plateado, tenía 40 años y su español era mejor que mi inglés aunque no había perdido el dejo gringo. Teresa Kinomoto Sakurai, de 23 años, era nikkei y sus rasgos orientales la hacían ver como una muñequita de porcelana. Por último estaba Pedro García Alfaro, de 55 años, que tenía un aire pensativo y fue el menos cordial, sin ser maleducado, de todos.

Entramos a la sala y al fin Gianfranco dijo que era hora de empezar. Sin que nadie me escuchara le pregunté si era buena idea que Yéssica se quedara escuchando lo que se iba a hablar ahí, no supe qué decir cuando me dijo que ella era la que era parte del grupo, no su tia. Quise voltear para verla, pero me abstuve. Le pedí a Yéssica que me ayudara a servir las bebidas y bocaditos. Zoila se levantó para ayudarnos. Mientras repartíamos las cosas, empecé a sentir lástima por la pobre niña… la veía tan tierna, tan inocente que no podía creer que alguien le hubiera hecho daño. Y sin embargo estaba con nosotros, un grupo de personas rotas.

Cuando todos tenían algo en la mano, nos sentamos. Vi a todo el grupo sentado en un círculo y yo era parte de este, de puras personas rotas. Suspiré. Era la hora de la verdad.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s