Claudia: De cómo la vida continúa (IX)


Advertencia: temas maduros, +18 años

DIANA III

Escuché un llanto, quise salir pero Manuel me detuvo. No era de nuestra incumbencia. Lo miré molesta, pero tenía razón.

«Tomé mucha gaseosa —le dije—, voy al baño».

Me miró intrigado y suspiró. «Anda, que no te atrapen».

Lo miré como si no supiera lo que me estaba diciendo y salí. Primero, fui al baño, lo que le había dicho era cierto, luego fui a… escuchar más cerca.

Me acerqué lo suficiente como para poder oírlos mejor. Ellos estaban en la sala y que tenía una pared divisoria con el comedor lo suficientemente amplia como para poder estar ahí sin que me vieran y la entrada no tenía puerta, así que se podía escuchar muy bien.

La persona seguía llorando y escuché como un hombre le decía que fue muy valiente por comentar lo que le había pasado, pude escuchar una voz femenina entre ese llanto. La chica se tranquilizó un poco más y al parecer le dieron algo para tomar porque su llanto hacía pausas con sonidos como cuando bebes algo, difícil describir, y luego, se calmó totalmente.

«Aún no he terminado, quiero contar todo sin dejar nada dentro de mí, quiero botar todo lo que siento».

Me sorprendió escuchar eso, no sabía que había dicho antes; pero supuse que no fue nada bueno. Me senté en el suelo para escuchar bien.

«Creí que podía ocultar lo que pasó, como si fuera una pesadilla que iba a pasar, pero no pude. Mi tío iba a mi casa y hacía como si nada pasara y a mí me daba miedo cada vez que me veía, cada vez que me daba dulces y me aterrorizaba cuando hacía lo mismo con mi hermanita.

Cada día que pasaba la sensación de estar atrapada y amordazada se hacía más grande y mis notas empezaron a caer. Toda mi familia estaba preocupada, pero también estaba ocupada y no podían entender lo que me estaba pasando.

Todo iba empeorando para hasta que una noche a pesar que él ya no iba a cuidarnos, alguien tocó la puerta de mi casa. Era mi tío que estaba de nuevo borracho y quería que le abriera la puerta. Sus golpes eran cada vez más agresivos y empezó a decir que si no le abría, ya sabía lo que pasaría. Lo que no sabía es que uno de mis hermanos, Yon, se sentía mal y no había ido a trabajar.

Él vio el miedo que me daba escuchar sus golpes y me preguntó qué me pasaba. No le dije nada, pero vio el miedo que le tenía. No sé si comprendió lo que me había pasado o supuso otra cosa, no sé; solo sé que agarro un palo de escoba, abrió la puerta y se lanzó hacia mi tío gritándole… ¿puedo decirlo acá? ya… “Viejo conchatumadre ¡qué le has hecho a mi hermana!”. Y empezó a golpearlo con el palo. El ruido hizo que todos empezarán a mirar lo que había pasado. “Huevón de mierda, ¡te voy a matar!” Mi tío no se esperaba eso y recibía todos los golpes de mi hermano. Yo no salí de la casa, me tapé los oídos para no mirar. “¡Perdón, perdón, no lo volveré a hacer!”, decía mi tío casi llorando “¡¿Qué le hiciste?! ¡¿Qué le hiciste?!”

Los golpes siguieron hasta que escuché la voz de mi tía, ella empezó a defender a su marido y mi hermano le reclamaba que algo me había hecho y que si no decía que era, lo iba a buscar para matarlo. Yo estaba asustada, quería desaparecer.

Me había quedado dormida y me asusté cuando me despertaron, eran mis padres. Querían saber qué había pasado. Vi que también estaba mi tía y mi tío y me puse a temblar cuando lo vi.

Mi tía empezó a gritar. Empezó a decir que yo lo había seducido, que él era bueno y decente. Mi tío no decía nada, estaba totalmente callado con la boca ensangrentada. Mi tía se acercó a mí y empezó a sacudirme diciéndome que dijera la verdad. Mi mamá la empujó con tanta fuerza que la tiró al suelo. Puso sus manos en mi hombro, me miró a los ojos y me preguntó si mi tío me había hecho algo. Tímidamente asentí. Botaron a los dos a la fuerza mientras mi tía seguía diciendo que yo era una mentirosa y una puta…»

Ella siguió hablando, pero yo ya no quería escuchar. Me levanté silenciosamente y me fui de nuevo al cuarto.

—¿Qué tal? ¿Fuiste feliz? —me dijo con sarcasmo Manuel.

—¿Te quiero, sabes? —le respondí con total sinceridad.

—Mmm… suena a que viene un «pero».

—No simplemente te quiero y quería que lo supieras.

Manuel me miró serio.

—¿Qué pasó allá?

—Nada, escuché algo que me hizo pensar. Tengo suerte, lo único que me ha sucedido es que me rompí la cabeza una vez por idiota. Nunca me han insultado o levantado la mano. Tengo suerte de tener gente que me ama y que jamás me haría daño. Tengo suerte de tenerte a ti. Nunca lo había pensado, pero en verdad tengo suerte.

Se acerca a mí, me abraza y me da un beso tierno en la frente.

—También te quiero, amor. Siempre te protegeré y tú siempre me protegerás.

No miramos y nos reímos un poco. Cerré la puerta y nos sentamos a ver televisión hasta que acabó la reunión.

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