Claudia: De cómo la vida continúa (XV)


Advertencia: temas maduros, +18 años

DIANA IV

—No, no, no; ¡ni se te ocurra! —dije molesta

—Pero amor, siempre hablamos de tener uno ¿no?

—¡HA-BLA-MOS! ¡En ningún momento quedamos que traerías un perro a la casa!

—¿Pero qué podía hacer? Estaba comprando en el mercado y lo veo todo sucio junto a un niño de 4 años que jugaba con él casi golpandolo. Le pregunté si era suyo y ¡el chico se fue! Los vendedores me dijeron que ese perro no tenía dueño. Sinceramente ¿qué podía hacer? ¿Hubieras tú dejado a este pobre cachorro en el mercado completamente abandonado? Yo sé que no serías capaz.

Veo al perrito, al principio pensé que era negro, pero luego vi que era un marrón oscuro con motas de negro, sus orejas eran largas y totalmente caídas, estaba muy flaco a pesar de tener pancita, su cola era delgadita, tenía una carita adorable y estaba asustado. Odié a Manuel por hacer eso.

—Amor, aunque quisiéramos no podríamos tenerla, no estamos en la mejor situación económica y un perro es un gran responsabilidad, ¿de dónde vamos a sacar dinero para alimentarlo? ¿y si se enferma? ¿Qué vamos a hacer?

Vi su cara de decepción, lo peor de todo es que sabía que él jamás dejaría al perrito de nuevo en el mercado, sería imposible para él… y también para mí. En serio, odié a Manuel por eso.

—Está bien, vamos a tenerlo en casa por mientras y buscaremos con quién pueda vivir. Por ahora, le daremos algo de comida y lo llevaremos a la veterinaria para que lo desparasiten, ¿de acuerdo?

A Manuel se le iluminó el rostro, y recordé por qué lo amaba tanto.

Cuando lo llevamos al veterinario, lo examinó y nos dijo que lo más probable es tenía aproximadamente entre 7 y 8 semanas de nacido y que había sido o separado de su madre, o ella lo había abandonado porque era el más débil del grupo. Su panza estaba abultada y eso quería decir que estaba con parásitos. Había que cuidarlo y darle alimento, felizmente no había que darle fórmula, porque eso hubiera sido demasiado caro para nosotros.

Estuvimos cuidándolo por un tiempo, y pensé que nos lo quedaríamos pero a Manuel se le ocurrió una idea: que se lo diéramos a Claudia. Era cierto que a ella le gustan los perros y que tenía más posibilidades que nosotros. Yo tenía mis dudas, especialmente porque sonaba a cliché eso de darle una mascota a la persona que había sufrido, para que con el poder de la mascota ella pudiera mejorarse pronto. Si las cosas fueran tan fáciles, nuestras vidas serian mucho más sencillas. Pero para variar, él me convenció; me dijo que nada perdíamos y mucho se ganaba. Al final de cuenta, una mascota si podría ayudarla en algo.

Me reuní con ella en una pollería el domingo. Pedimos como siempre medio pollo y una porción extra de papas. Le mostré una foto y ella estuvo encantada con él, sin embargo, no estaba segura que pudiera criar una animal ahora. Con las justas podía con sí misma, y no creía que pudiera con otro ser.

Me convertí en una actriz digna de novela mexicana. Use todo el sentimiento que pude, le dije lo mucho que podría ayudarle tener un perrito en casa, lo buen guardián que podría ser y que si lo necesitaba Manuel le ayudaría con él, para que ella no tuviera problemas.

—¿Manuel y no tú? —me preguntó extrañada.

—Bueno, de él fue la idea.

Me miró largamente y al final sonrió. En ese momento el pollo llegó y a todas la papas, le echó mostaza. Su sonrisa ahora era maquiavélica. «Come y acepto». La miré casi llorando, ella sabía que odiaba la mostaza. Ella pidió otra porción de papas, a ella tampoco le gustaba esa salsa. Al menos, había aceptado. Pero en serio, odio la mostaza.

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