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Sobre el fin de mes


¡Termina el primer mes del año! Han pasado muchas cosas buenas, algunas malas y sobretodo he escrito muchas entradas, una por cada día del mes, ¡realmente terrible! Algunas veces las musas venían a mí y me susurraban tiernamente al oído, otras, me miraban con desprecio como si hubiera dicho a un peruano que no me gusta el ceviche o el pollo a la brasa (yo no miro con desprecio, solo me desiluciono). Ahora esto ya terminó, ya no me interesa tanto si las musas me hablan o no, ¡terminó el mes!

Obviamente seguiré escribiendo, y habrán uno que otros cambios (como que ahora ya tengo domino propio), y espero que también sean cambios buenos para todos (especialmente para mí).

Ahora sí, ¡es hora de descansar!

Sobre mi cumple


Llegó el día menos esperado por mí, el día que a mi madre le abrieron el vientre para sacar una, según una tía de mi mamá, “la longaniza más fea que el mundo a conocido”, y le doy la razón. Pero bueno, no hay nada qué hacer, después de años de años estando en este mundo y disfrutando de la visa (bueno, lo mucho que puede disfrutar un introvertido que prefiere mil veces estar en su laptop que enfrentarse al sol cual vampiro. Al menos puede decir que tuve suerte, una buena familia de clase media, unida y que está en esa fina línea entre liberal y conservadora; no somos pobres (pero tampoco ricos, así que no me vayan a secuestrar por favor); sí, definitivamente tuve suerte.

Por ese en este día tan…. “especial” (considerando que estamos en la pandemia más jodida después de décadas), deseo que no solo yo disfrute de este día, sino que todos lo hagamos, no por ser día de mi cumpleaños (aunque no me quejaría si lo hicieran fiesta mundial), sino que celebremos la vida, a la familia y a la felicidad. Porque, carajo, necesitamos celebrarlas, como jamás se han celebrado. Necesitamos eso.

En fin, ¡feliz cumpleaños a mí y a todos los 28denerinos!

De virus y personas.


Somos responsable de nuestros actos, a menos eso es lo que yo esperaría que pensara la gente. La verdad es que, por lo que veo, más parece una sugerencia que una verdad. Estos meses de pandemia se ha visto a las personas hacer lo que le viene su regalada gana y salir a pesar de que no deberían. No hablo de la gente que debe salir a trabajar, ni de la gente que debe salir a hacer compras, son necesidades, y si bien se arriesgan a contagiarse, desgraciadamente es inevitable. Sin embargo, no hablo de esas personas.

Son las personas que salen a bailar, a buffets con gente desconocida, a hacer cola en las licorerías para comprar su cajón de cervezas, a aquellos que hacen quinceañeros clandestinos. Ellos son los lo que no entienden de responsabilidad. Las necesidades banales de uno son más importantes que las necesidades de salud del resto aparentemente.

Muchas vidas se han perdido por eso, muchas vida más se perderán. Algunos habrán aprendido la lección, otros simplemente o no la habrán aprendido o la olvidarán a meses de haber desaparecido la pandemia. Solo espero que las personas entiendan y recapaciten, hay cosas más importantes que las banalidades, pero la pregunta es… ¿lo harán?

Quisiera decir que sí… pero desgraciadamente será un rotundo no.

Sobre los años que pasan


Los años, los años, ya falta poco para ese día fatídico ese día donde oficialmente soy un año más viejo que el día anterior. ¡Terrible! Con más panza y menos cabello, con más sabiduría y menos tolerancia al alcohol, ¡horripilante!

¿Pero qué se puede hacer? No es que verdaderamente se pueda contrarrestar el avance del tiempo (si alguien lo sabe, puede decírmelo con confianza), solo queda seguir adelante con eso, con el saco pesado de los años y las idas cada vez más constantes al doctor.

Los años no pasan en vano, y aunque no he cumplido todas las cosas que he deseado, sigo en la lucha por mis sueños, por la felicidad, por mas cabello, lo común, ustedes saben. En fin, este escrito es solo para recordame y recordarles que los años avanzan, pero hay que seguir, como dijo una gran empresaria/ cabaretera/ congresista/ ícono de multitudes /queen de Perusalem: Vive la vida y no dejes que la vida te viva.

Grandes palabras, sabias palabras.

Los patines


Hace unos días salí a patinar con mi sobrino (bueno, él, yo solo soy bueno para caminar). El wawa ya tiene 6 años, verlo crecer es curioso. Me acuerdo cuando era todavía un bebé y era la cosa más ruidosa del mundo. Una vez me dejaron como niñera (felizmente junto con mi otra hermana) y la verdad es que no lo aguantaba. Ya hasta veía como buena idea darle diazepam, pero hubo una mejor solución (y mucho menos salvaje): Dragon Ball Z. No sé que pasaba por su pequeña cabeza, pero al ver el programa se quedó tranquilo, veía detenidamente la animación y hasta reía. Fue ahí, e ese pequeño momento insulso y curioso de la vida que en verdad me empezó a agradar el chihuahueño, no quererlo solo porque sea mi sangre, sino como persona, una persona que seguía llorando como si su vida dependiera de eso (y no, no dependía, mi hermana felizmente sabía cuidarlo de manera detallada y hasta me enseñó un poco), pero ya no solo como el hijo de mi hermana, sino algo mucho más.

Ahora el tiempo ha pasado y él ahora es un niño, pone una cara de poto graciosa cuando se le dice bebé, y siento que cada vez nos acercamos más. El cierto que ahora está alocado con Roblox y ya no tiene casi hasta el hartazgo con eso, pero verlo emocionado, explicando los juegos, qué es lo que hace ahí, cómo gana, a qué enemigos derrota, no tiene precio. En verdad es un niño.

Ese niño crece, cada vez se hace más inteligente y empieza a tener sueños más grandes. Me da miedo eso. Me da miedo que se tropiece, me da miedo que le pase algo, algunas veces creo que tengo más miedo que sus propios padres; pero verlo patinar me hizo darme cuenta de algo. Él ha llevado un par de clases de patinaje, así que patina tan bien como se podría esperar de eso (o sea, camina con los patines). Sin embargo, eso le gusta, y poco a poco vi como ya empezaba a deslizarse y cada vez le salía mejor. Yo tenía miedo de que se cayera y efectivamente eso paso casi ya cuando nos estábamos yendo, cayó con una pose parecida a las siluetas de asesinados que ponen en las seres policiacas gringas. Pensé que se iba a poner a llorar cual Magdalena, pero no, estaba sonriendo de oreja a oreja (obviamente estaba con casco, rodilleras, coderas y también algo para las manos que no se como se llama; más parecía que se estaba disfrazando para alguna audición de Caballeros del Zodiaco que para hacer patinaje). En ese momento entendí que no debo tenerle tanto miedo a su futuro, está mejor preparado para eso de lo yo creía. Obviamente no dejaré de cuidarlo, ni nadie de mi familia, pero ahora estoy seguro que él estará bien.

Así será.

Sobre la muerte


Cuando era bebé, la muerte rondaba cerca a mí y yo no lo sabía. Mi país sufría uno de los peores momentos de su historia y muchos murieron, no persona cercanas, pero si cerca de donde vivía. La muerte estaba ahí, pero era una desconocida.

Cuando era niño, la violencia seguía y ahora ya la conocía. De nuevo, nunca de cerca, pero podía ver su sombra cada vez que mi papá, policía él, salía a trabajar. Tal vez nunca regresaría, felizmente siempre lo hizo y la violencia pasó. La Muerte ya era una conocida lejana.

Entrando a la adultez, murió un tío. Un ataque cardíaco se lo llevó. Lo vi tirado en el suelo, con las piernas aún en la cama. No me acuerdo si seguía con los ojos abiertos o no, pero no pude tocarlo: me dio miedo. La Muerte ya era una conocida, amiga de la familia.

Luego murió mi perrita, una pekinesa renegona y rechonchita, su último suspiro lo dio en la veterinaria tras muchos días de medicinas y cuidados. Falleció al verme, era lo único que necesitaba para partir. En el carro, todas sus heces acumuladas ensuciaron mi polo, mientras se iba enfriando. Mi hija se fue, y la Muerte ya estaba con nosotros, tomando desayuno.

Fallecieron mis abuelos paternos, primero mi abuela y luego el abuelo. Murió de cáncer, pero la verdadera causa fue la soledad. Vi a mi padre en la morgue del hospital, cambiándolo para el velorio. Vi el cuerpo desnudo del abuelo, su cuerpo débil, con olor a tiempo terminado y formol. La Muerte almorzaba con nosotros y se ponía a ver televisión.

Después falleció mi abuela materna, yo vivía con ella para ayudar a la enfermera en cualquier cosa que necesitara. La vi extinguiéndose de a pocos, cada vez más débil, cada vez más senil, cada vez menos mi abuela. La cuidé por años y el día que falleció, yo tenía una cita en el hospital. Cuando llegué, toda la familia estaba reunida y fui el único que no la vio partir. La muerte, gran amiga de la familia, sabe contar buenas bromas.

Todos estos fueron mis momentos con ella, cada vez más y más cercanos, pero a pesar de eso, nunca eran inesperados. La muerte se los llevó cuando tenían que irse. Fueron momentos dolorosos, pero lógicos. La muerte siempre es el final de todos. Excepto de mí.

Al menos así pensaba, no porque me creyera inmortal, sino por mi juventud. ¿Quién, aparte de Poe, piensa en la muerte desde temprano? Era joven, era maldito, el mundo estaba para hacerme pleitesía y la Muerte para escribir poemas. Mas ahora, ahora, no le tengo miedo aún a la Muerte aunque ya no soy joven, aunque el mundo ni me mire de reojo. No le tengo miedo a MI muerte, sino de los que me rodean.

Está marca de cerveza, reconocida a nivel mundial, que a tantos se ha llevado, hace que tenga miedo, que no vea la vea como amiga de la familia, sino como cruel enemiga, como francotirador acampando, apuntando sigilosamente su arma, esperando el momento oportuno para disparar. Le tengo miedo, ¿quién no podría tenerlo? No son muertes lógicas, no son esperadas, no son nada más que el más inmisericorde caos.

Ya murió una tía, con su pareja de la mitad de su vida. Vivían solos y se enfermaron solos. Murieron en el hospital separados, el amor de la mitad de sus vidas, terminó por un “resfriado”. Dos disparos certeros.

¿Le temo a la Muerte?, sí, le temo por todos a los que quiero. Deseo creer que a mis viejos no les pasará nada, quiero creer que todo cambiará y ellos serán inmortales, más la Muerte está ahí, presente. La mejor amiga, la peor aliada, la inexorable está ahí, caminando, bromeando, almorzando, cenando, siempre ahí.

Ella me seguirá acompañando, tomaremos té y paseará con todos, eso lo sé Solo espero que cuando venga por los que quiero, sea en el final lógico y no por algo como o que sucede ahora. Quiero que cuando llegue la hora de todos, le puedan sonreír y darle la mano porque vivieron plenamente, no deseo que sean cortados sus hilos por el caos y que piensen que no llegó su hora. Espero que así sea, cuídense y cuiden a sus seres queridos, porque cuando se vayan, se irán, verdaderamente se irán y nunca volverán.