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Corona de amor


El hombre quería hacer algo con su amada, quería desatar esa pasión que llevaba dentro, quería hacerla gozar como jamás había ella gozado antes, y sin importar viento y marea, sin importar la policía las suplicas ajenas, fue a casa de su amada inmortal.

Tocó la puerta y la más bella flor del jardín, abrió ligeramente la puerta y al verlo, la abrió de par en par con rostro de preocupación.

“Julia Pancracia, he venido a verte porque te amo y no puedo vivir sin ti”, le dijo amorosamente a su alma gemela.

Ella lo miró y acercó su mano al rostro de José Miguel Ignacio de la Puente y Castillo. Este cerró los ojos para recibir la tierna caricia de la única que podía hacerlo sentir como se sentía en ese momento tan sagrado.

Un sonido retumbó toda la casa y la mejilla de José Miguel Ignacio de la Puente quedó marcada.

“Huevonazo de mierda, ¡¿quién te ha dicho que te salgas de tu casa?! Estamos en cuarentena, CUA-REN-TE-NA, ¿acaso no entiendes? ¿Qué mierda haces viniendo acá? ¿Quieres contagiar a mis padres? ¿Quieres contagiarme a mí? ¿Así de muestras tu puto amor? LÁRGATE DE MI CASA. ¡No quiero volver a ver a quien poco le importa mi salud y la de mis padres!”. Y diciendo esto cerró la puerta en la cara de José Miguel Ignacio de la Puente y Castillo que nunca más volvió a ver a su diosa inmortal y ahí aprendió una lección que llevó para toda la vida:

¡RESPETA LA CUARENTENA CARAJO!

Historia corta II


El niño le dice a su mamá, “Mamá yo amo a la gente que me da cosas”. Ella sorprendida, le dice que eso no es amor. Con sus pocos cincos años, pregunta algo que es difícil que comprenda: entonces, ¿qué es el amor?

La mamá le sonríe y lo abrazó con todo el cariño que una buena madre puede dar. “Lo que sientes cuando hago eso es amor. Tal vez aún no lo comprendas, pero recuerda este sentimiento, recuerda esta felicidad, porque algunos la confunden. Esto es verdadero amor”.

El niño calló, aún preguntándose qué era el amor; pero le gustaba ese sentimiento y nunca se olvidaría de lo que su madre le dijo. Eso es amor.

Mini historia


“Tráeme la cosa más rara de mundo”, le dijo la princesa al caballero de brillante armadura que había recorrido montañas, ríos y mares para casarse con ella.

“¿Qué deseas belleza incomparable? ¿La luna? ¿Las estrellas? ¿El diamante azul? ¿El cuerno de un unicornio? Dime lo que deseas y será tuyo”

“Quiero que me traigas a un político que jamás en su vida haya pensado siquiera en robar”.

Y el caballero se fue, para nunca regresar.

Tigre agazapado, dragón escondido (XII)


¿Dragón escondido?, era un nombre perfecto para mi maestro, un genio entre genios ocultos como una mera carpa y ahora un magnifico dragón. Me sentí halagado por permitirme conocer su nombre. Quise darle el mío, pero me di cuenta que ese nombre que tanta gloria me había dado con anterioridad, ya no significaba nada para mí. «Maestro Long, deseo un nombre nuevo pues ahora soy una persona nueva. Desearía que usted me diera uno».

«Tuviste varios nombres, todos altivos, que mostraban tus cualidades. Ahora no eres ninguno de esos, eres un inmortal que desafía a los cielos y para eso necesitas un nombre que vaya acorde con eso. Mostrará tu verdadero poder y hará temblar a quién lo escuche, pues solo tú tendrás ese poderoso nombre. Te llamarás Meiyou Mingzi».

Me sorprendió ese nombre y le pedí una explicación. «Maestro, ¿desea burlarse de mí? ¿Por qué desea que me llame de esa manera? ¿Está diciendo acaso que no merezco un nombre?» «Al contrario —me respondió— tu Dao hace que ningún nombre sea digno de ti, por eso ahora serás conocido como Sin Nombre».

Me incliné ante él como agradecimiento y empecé a repetir el nombre que me había dado. Me hizo sentir diferente, más poderoso de lo que jamás había sido, pero también algo más, que seguro mi maestro sabía pero quería que descubriera, me hizo sentir más humilde. Por siempre sería Meiyou Mingzi el inmortal sin un nombre del cual jactarse.

¡Y los cielos jamás se olvidarían de eso!

Tigre agazapado, dragón escondido (XI)


Al terminar eso, decidí volver a ver a mi maestro, era lo mínimo que podía hacer. Pedí a los vientos que me asistieran y estos sorprendidos, aceptaron llevarme de buen grado. Se sentía diferente a cuando los obligaba, me hacía sentir bien. No tardé en llegar a la cascada, me acerqué a él y vi que estaba aún intentado vencer su imposible. Cuando él me vio fue hacia la orilla y nos pusimos a conversar. Le conté todo lo que había pasado y de cómo había regresado mi inmortalidad y cuál iba a ser mi Dao.

«¡Desafiar al cielo! —exclamó mi Maestro sorprendido—, ¡ese es un Dao digno de un inmortal!, pero será un casi imposible de lograr, ¿seguro que deseas seguirlo?» No había mucho qué pensar, la tarea sería titánica, algunos dirían que hasta imposible, pero justamente ese era el Camino, lograr lo imposible, cambiar lo incambiable. Mi maestro asintió y empezamos a conversar de otras cosas.

A pesar que me había convertido de nuevo en inmortal, la humilde carpa me seguía sorprendiendo por su sabiduría y quería ayudarlo. Le dije que si quería podía darle una mano para que lograra su imposible. Me lo agradeció, pero dijo que no era necesario; por mucho tiempo él sabía que podía lograrlo, sin embargo su miedo se lo impedía. «Parece curioso que yo el que te hablaba de los imposibles tuviera miedo, ¿no? Lo sé, es irónico; pero es que es más fácil hablar que actuar. Tenía miedo de hacer enojar a los cielos y eso me congelaba. En ese momento no comprendía que era lo que me detenía, pensé que el problema era yo y que toda la vida sería un simple pez, sin embargo ahora al escucharte, por primera vez he comprendido la verdadera razón y también por qué es inútil temer a los cielos. Debemos ser como el río, cambiantes y llenos de fuerza; si debo desafiar a los cielos, para cambiar, entonces ¡los desafiaré con orgullo!». Al terminar de hablar mi maestro nadó hasta la catarata y con movimientos sublimes empezó a remontarla, como si fuera tan fácil como comer. Cuando por fin lo logró, vi algo que en ninguna generación había visto. La pequeña carpa empezó a crecer y se convirtió en un feroz dragón. Los cielos se abrieron de nuevo y rayos dorados tronaban con indignación, pero nada podía contra un ser supremo. Un rugido que paralizó los vientos y la tierra, fue suficiente para que esos rayos tan orgullosos desaparecieran. Al verlo tan majestuoso, me postré ante él. «No hagas eso, no importa si soy una dragón o una carpa; sigo siendo el mismo. No deseo ser reverenciado, solo deseo lograr el Dao, hoy he logrado el verdadero primer paso para ese objetivo».

Me levanté y me emocionó su humildad; le dije que yo siempre sería su discípulo sin importar cuántas eras pasaran. De pronto una duda me entró, no sabía su nombre. Se lo pregunté y luego de un tiempo, me respondió: «cuando nací, no tenía nombre; las carpas no hacemos eso. Cuando escuché las palabras que cambiaron mi vida, decidí tener uno pero no sabía cuál. Un día, luego de innumerables conversaciones que escuchaba, una frase se me quedó grabada y supe que ese sería mi nombre… mi nombre es Cang Long».

Tigre agazapado, dragón escondido (X)


Lo miré y le clavé la misma cuchilla que usaba para tallar en el corazón. Ambos seguíamos viéndonos, ambos con calma hasta que por fin murió. Le cerré los ojos, lo cargué hasta la entrada de donde salimos y lo dejé en el piso. Me despedí de él y me marché, ya había cumplido mi venganza… pero no estaba satisfecho.

Todos habíamos hecho lo que creíamos teníamos que hacer. El monje se guío por sus enseñanzas, el Magistrado por la ley y yo por la venganza justa. ¿Había alguien que estuviera errado? ¿Acaso todos lo estábamos? Todos nos guiamos  por lo que el cielo nos decía, ¿por qué teníamos que hacerlo? Me sentía confundido y corrí, corrí hacía la montaña más alta del lugar y subí hasta llegar al pico, sin importar lo cansado o adolorido que estuviera, seguí subiendo y cuando llegué a la cumbre… grité. Un grito tan fuerte que parecía que la montaña iba a desatar toda su furia. Grité por el dolor, por la confusión que sentía, me sentía perdido y no sabía que hacer. Solo sabía que algo estaba mal en un mundo donde no se podía saber quién tenía la razón y quién no. ¡Los cielos estaban contentos mientras los hombres estaban perdidos y no hacían nada! ¡Se quedaban extasiados por su poder y no querían cambiar! ¡Se contentaban con mandar leyes sin ver la justicia y humanidad de estas! ¡Los cielos no eran perfectos ni divinos! ¡Los cielos estaban podridos!

Seguí maldiciendo a los cielos hasta que estos se abrieron y empezaron a lanzar relámpagos, retándome. Seguí gritando sin importar que los rayos se me acercaban cada vez más. ¡Si los cielos querían retarme, ahí estaba yo! ¡Nadie me iba a callar! ¡Aún si me mataban, los cielos no iban a impedir que calmara mi dolor y reclamara al mundo! ¡Los cielos no eran nada!

Un rayo me atacó y sentí como la piel se me quemaba, como mi corazón dejaba de latir y me sofocaba. Iba a morir, jamás volvería a ser inmortal, pero eso ya no me importaba, muy en el fondo sabía que era imposible volver a serlo, solo los cielos podían dar la inmortalidad.

¡Imposible! ¡Retar a los cielos como mortal era imposible! Como inmortal, siempre temía perder su gracia divina, ¿pero ahora como mortal? ¿Tenía igual que temerles? ¿Qué sufrirlos? ¡Jamás! ¡Si tenía que morir sería desafiándolos! ¡Ese sería mi Dao!

Dejé de sentir dolor y vi como la piel quemada se iba cayendo para dejar paso a una piel lozana a pesar que los rayos seguían golpeándome. Ahora que había encontrado mi Dao, había vuelto a ser inmortal, muy a pesar de la furia celestial. Me reí como jamás lo había hecho y me quedé sentado en la cima, viendo como los rayos seguían iracundos sin poder dañarme. Los rayos se hicieron color carmesí, tan poderosos que hubieran podido quebrar el monte Tai y empecé a sentir un ligero cosquilleo en la piel. Viendo esto, los cielos mandaron rayos púrpura pero estos tampoco me hacían dañó, yo simplemente me reía de lo obstinados que eran, ¿qué podían hacerme ahora que era inmortal? ¡Incluso los dioses lo pensarían antes de luchar contra mí!

Por fin los rayos pararon y las nubes se despejaron, quisieran o no, ahora los cielos tenían que aceptarme de nuevo como inmortal. Baje de la montaña, ahora me era fácil descubrir dónde estaban los cuerpos de los pobladores y los sepulté dignamente. Me acerqué al templo del monje y me despedí de él recordando las buenas conversaciones que tuvimos, cerrando la rueda del karma con él. Por último me acerca donde el Magistrado y le hice soñar a él y a su familia dulces sueños para que pudieran descansar. No podía devolver la vida a la niña, pero al menos los vivos no sufrirían mucho.