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Los patines


Hace unos días salí a patinar con mi sobrino (bueno, él, yo solo soy bueno para caminar). El wawa ya tiene 6 años, verlo crecer es curioso. Me acuerdo cuando era todavía un bebé y era la cosa más ruidosa del mundo. Una vez me dejaron como niñera (felizmente junto con mi otra hermana) y la verdad es que no lo aguantaba. Ya hasta veía como buena idea darle diazepam, pero hubo una mejor solución (y mucho menos salvaje): Dragon Ball Z. No sé que pasaba por su pequeña cabeza, pero al ver el programa se quedó tranquilo, veía detenidamente la animación y hasta reía. Fue ahí, e ese pequeño momento insulso y curioso de la vida que en verdad me empezó a agradar el chihuahueño, no quererlo solo porque sea mi sangre, sino como persona, una persona que seguía llorando como si su vida dependiera de eso (y no, no dependía, mi hermana felizmente sabía cuidarlo de manera detallada y hasta me enseñó un poco), pero ya no solo como el hijo de mi hermana, sino algo mucho más.

Ahora el tiempo ha pasado y él ahora es un niño, pone una cara de poto graciosa cuando se le dice bebé, y siento que cada vez nos acercamos más. El cierto que ahora está alocado con Roblox y ya no tiene casi hasta el hartazgo con eso, pero verlo emocionado, explicando los juegos, qué es lo que hace ahí, cómo gana, a qué enemigos derrota, no tiene precio. En verdad es un niño.

Ese niño crece, cada vez se hace más inteligente y empieza a tener sueños más grandes. Me da miedo eso. Me da miedo que se tropiece, me da miedo que le pase algo, algunas veces creo que tengo más miedo que sus propios padres; pero verlo patinar me hizo darme cuenta de algo. Él ha llevado un par de clases de patinaje, así que patina tan bien como se podría esperar de eso (o sea, camina con los patines). Sin embargo, eso le gusta, y poco a poco vi como ya empezaba a deslizarse y cada vez le salía mejor. Yo tenía miedo de que se cayera y efectivamente eso paso casi ya cuando nos estábamos yendo, cayó con una pose parecida a las siluetas de asesinados que ponen en las seres policiacas gringas. Pensé que se iba a poner a llorar cual Magdalena, pero no, estaba sonriendo de oreja a oreja (obviamente estaba con casco, rodilleras, coderas y también algo para las manos que no se como se llama; más parecía que se estaba disfrazando para alguna audición de Caballeros del Zodiaco que para hacer patinaje). En ese momento entendí que no debo tenerle tanto miedo a su futuro, está mejor preparado para eso de lo yo creía. Obviamente no dejaré de cuidarlo, ni nadie de mi familia, pero ahora estoy seguro que él estará bien.

Así será.