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Tigre agazapado, dragón escondido (XII)


¿Dragón escondido?, era un nombre perfecto para mi maestro, un genio entre genios ocultos como una mera carpa y ahora un magnifico dragón. Me sentí halagado por permitirme conocer su nombre. Quise darle el mío, pero me di cuenta que ese nombre que tanta gloria me había dado con anterioridad, ya no significaba nada para mí. «Maestro Long, deseo un nombre nuevo pues ahora soy una persona nueva. Desearía que usted me diera uno».

«Tuviste varios nombres, todos altivos, que mostraban tus cualidades. Ahora no eres ninguno de esos, eres un inmortal que desafía a los cielos y para eso necesitas un nombre que vaya acorde con eso. Mostrará tu verdadero poder y hará temblar a quién lo escuche, pues solo tú tendrás ese poderoso nombre. Te llamarás Meiyou Mingzi».

Me sorprendió ese nombre y le pedí una explicación. «Maestro, ¿desea burlarse de mí? ¿Por qué desea que me llame de esa manera? ¿Está diciendo acaso que no merezco un nombre?» «Al contrario —me respondió— tu Dao hace que ningún nombre sea digno de ti, por eso ahora serás conocido como Sin Nombre».

Me incliné ante él como agradecimiento y empecé a repetir el nombre que me había dado. Me hizo sentir diferente, más poderoso de lo que jamás había sido, pero también algo más, que seguro mi maestro sabía pero quería que descubriera, me hizo sentir más humilde. Por siempre sería Meiyou Mingzi el inmortal sin un nombre del cual jactarse.

¡Y los cielos jamás se olvidarían de eso!

Tigre agazapado, dragón escondido (XI)


Al terminar eso, decidí volver a ver a mi maestro, era lo mínimo que podía hacer. Pedí a los vientos que me asistieran y estos sorprendidos, aceptaron llevarme de buen grado. Se sentía diferente a cuando los obligaba, me hacía sentir bien. No tardé en llegar a la cascada, me acerqué a él y vi que estaba aún intentado vencer su imposible. Cuando él me vio fue hacia la orilla y nos pusimos a conversar. Le conté todo lo que había pasado y de cómo había regresado mi inmortalidad y cuál iba a ser mi Dao.

«¡Desafiar al cielo! —exclamó mi Maestro sorprendido—, ¡ese es un Dao digno de un inmortal!, pero será un casi imposible de lograr, ¿seguro que deseas seguirlo?» No había mucho qué pensar, la tarea sería titánica, algunos dirían que hasta imposible, pero justamente ese era el Camino, lograr lo imposible, cambiar lo incambiable. Mi maestro asintió y empezamos a conversar de otras cosas.

A pesar que me había convertido de nuevo en inmortal, la humilde carpa me seguía sorprendiendo por su sabiduría y quería ayudarlo. Le dije que si quería podía darle una mano para que lograra su imposible. Me lo agradeció, pero dijo que no era necesario; por mucho tiempo él sabía que podía lograrlo, sin embargo su miedo se lo impedía. «Parece curioso que yo el que te hablaba de los imposibles tuviera miedo, ¿no? Lo sé, es irónico; pero es que es más fácil hablar que actuar. Tenía miedo de hacer enojar a los cielos y eso me congelaba. En ese momento no comprendía que era lo que me detenía, pensé que el problema era yo y que toda la vida sería un simple pez, sin embargo ahora al escucharte, por primera vez he comprendido la verdadera razón y también por qué es inútil temer a los cielos. Debemos ser como el río, cambiantes y llenos de fuerza; si debo desafiar a los cielos, para cambiar, entonces ¡los desafiaré con orgullo!». Al terminar de hablar mi maestro nadó hasta la catarata y con movimientos sublimes empezó a remontarla, como si fuera tan fácil como comer. Cuando por fin lo logró, vi algo que en ninguna generación había visto. La pequeña carpa empezó a crecer y se convirtió en un feroz dragón. Los cielos se abrieron de nuevo y rayos dorados tronaban con indignación, pero nada podía contra un ser supremo. Un rugido que paralizó los vientos y la tierra, fue suficiente para que esos rayos tan orgullosos desaparecieran. Al verlo tan majestuoso, me postré ante él. «No hagas eso, no importa si soy una dragón o una carpa; sigo siendo el mismo. No deseo ser reverenciado, solo deseo lograr el Dao, hoy he logrado el verdadero primer paso para ese objetivo».

Me levanté y me emocionó su humildad; le dije que yo siempre sería su discípulo sin importar cuántas eras pasaran. De pronto una duda me entró, no sabía su nombre. Se lo pregunté y luego de un tiempo, me respondió: «cuando nací, no tenía nombre; las carpas no hacemos eso. Cuando escuché las palabras que cambiaron mi vida, decidí tener uno pero no sabía cuál. Un día, luego de innumerables conversaciones que escuchaba, una frase se me quedó grabada y supe que ese sería mi nombre… mi nombre es Cang Long».

Tigre agazapado, dragón escondido (X)


Lo miré y le clavé la misma cuchilla que usaba para tallar en el corazón. Ambos seguíamos viéndonos, ambos con calma hasta que por fin murió. Le cerré los ojos, lo cargué hasta la entrada de donde salimos y lo dejé en el piso. Me despedí de él y me marché, ya había cumplido mi venganza… pero no estaba satisfecho.

Todos habíamos hecho lo que creíamos teníamos que hacer. El monje se guío por sus enseñanzas, el Magistrado por la ley y yo por la venganza justa. ¿Había alguien que estuviera errado? ¿Acaso todos lo estábamos? Todos nos guiamos  por lo que el cielo nos decía, ¿por qué teníamos que hacerlo? Me sentía confundido y corrí, corrí hacía la montaña más alta del lugar y subí hasta llegar al pico, sin importar lo cansado o adolorido que estuviera, seguí subiendo y cuando llegué a la cumbre… grité. Un grito tan fuerte que parecía que la montaña iba a desatar toda su furia. Grité por el dolor, por la confusión que sentía, me sentía perdido y no sabía que hacer. Solo sabía que algo estaba mal en un mundo donde no se podía saber quién tenía la razón y quién no. ¡Los cielos estaban contentos mientras los hombres estaban perdidos y no hacían nada! ¡Se quedaban extasiados por su poder y no querían cambiar! ¡Se contentaban con mandar leyes sin ver la justicia y humanidad de estas! ¡Los cielos no eran perfectos ni divinos! ¡Los cielos estaban podridos!

Seguí maldiciendo a los cielos hasta que estos se abrieron y empezaron a lanzar relámpagos, retándome. Seguí gritando sin importar que los rayos se me acercaban cada vez más. ¡Si los cielos querían retarme, ahí estaba yo! ¡Nadie me iba a callar! ¡Aún si me mataban, los cielos no iban a impedir que calmara mi dolor y reclamara al mundo! ¡Los cielos no eran nada!

Un rayo me atacó y sentí como la piel se me quemaba, como mi corazón dejaba de latir y me sofocaba. Iba a morir, jamás volvería a ser inmortal, pero eso ya no me importaba, muy en el fondo sabía que era imposible volver a serlo, solo los cielos podían dar la inmortalidad.

¡Imposible! ¡Retar a los cielos como mortal era imposible! Como inmortal, siempre temía perder su gracia divina, ¿pero ahora como mortal? ¿Tenía igual que temerles? ¿Qué sufrirlos? ¡Jamás! ¡Si tenía que morir sería desafiándolos! ¡Ese sería mi Dao!

Dejé de sentir dolor y vi como la piel quemada se iba cayendo para dejar paso a una piel lozana a pesar que los rayos seguían golpeándome. Ahora que había encontrado mi Dao, había vuelto a ser inmortal, muy a pesar de la furia celestial. Me reí como jamás lo había hecho y me quedé sentado en la cima, viendo como los rayos seguían iracundos sin poder dañarme. Los rayos se hicieron color carmesí, tan poderosos que hubieran podido quebrar el monte Tai y empecé a sentir un ligero cosquilleo en la piel. Viendo esto, los cielos mandaron rayos púrpura pero estos tampoco me hacían dañó, yo simplemente me reía de lo obstinados que eran, ¿qué podían hacerme ahora que era inmortal? ¡Incluso los dioses lo pensarían antes de luchar contra mí!

Por fin los rayos pararon y las nubes se despejaron, quisieran o no, ahora los cielos tenían que aceptarme de nuevo como inmortal. Baje de la montaña, ahora me era fácil descubrir dónde estaban los cuerpos de los pobladores y los sepulté dignamente. Me acerqué al templo del monje y me despedí de él recordando las buenas conversaciones que tuvimos, cerrando la rueda del karma con él. Por último me acerca donde el Magistrado y le hice soñar a él y a su familia dulces sueños para que pudieran descansar. No podía devolver la vida a la niña, pero al menos los vivos no sufrirían mucho.

Tigre agazapado, dragón escondido (IX)


Volví a la habitación llevando un paquete que horrorizó al Magistrado, eran las cabezas de todos sus soldados; se las lancé y le dije que me dijera lo que quería saber. Aun asustado no me quiso dar la información. Volví a salir y cuando regresé, le lance las cabezas de todos sus sirvientes, sin importar género o edad, todas sus cabezas estaban ahí. El pobre temblaba como si fuera la noche más fría, pero aun así no dijo nada. Salí.

Esta vez traje algo que lo hizo gritar con desesperación, era toda su familia, que aún estaba viva. Tenía, además de su esposa, tres hijos. El mayor no tendría más de 12 años, ya pronto se convertiría en todo un hombre, el segundo era todavía un niño y estaba aterrado, la última era una hermosa niña, cuando creciera sería la flor más preciosa del jardín del Magistrado. La agarré, la golpeé para que se desmayara y le corté el cuello. El Magistrado uso todas sus fuerza para romper sus ataduras, pero era inútil, estaba llorando y su rostro mostraba una furia que hubiera espantados a los propios dioses, mas a mí no me importaba nada de eso, solo quería saber quién había sido el traidor. «Tienes tres oportunidades más», fue lo único que le dije y me aproximé al segundo hijo. La mujer lloraba inconsolablemente, pero al ver que lo que iba a hacer, sacó fuerzas, se levantó y de un salto se interpuso entre su hijo y yo. Admiré su fuerza, sus ojos eran los de la leona y un fuego intenso brotaba de su ser. Golpeé a los niños, los dejé inconscientes y acerqué el cuchillo al cuello de la mujer. Todos mis movimientos fueron tan rápidos que no le di tiempo para reaccionar. «Ya perdiste un tesoro del Cielo, ¿deseas perder otro?» El Magistrado al ver a su amada hija muerta y a su adorada esposa a punto de sufrir el mismo cruel destino, por fin cedió y con una furia inigualable me dijo quién había sido mientras maldecía mi existencia. Desaté al menor y me fui.

A la noche siguiente llegué a mi destino, un hermoso templo budista, dorado y sagrado. Entré con sigilo, sin asesinar a nadie para no profanarlo, hasta llegar con el traidor. En un gran salón vacío se encontraba el monje con el que había pasado tantos días discutiendo acerca de la virtud y la justicia de los cielos. Estaba meditando y cuando me sintió abrió los ojos calmadamente. Me vio y me invitó a que saliéramos, acepté.

«¿Vienes a matarme?», me preguntó tranquilo, yo asentí. «Solo hice lo que era correcto, el destino quiso que ellos me rescataran para yo poder llevarlos al buen camino, pero tú insistías que no era necesario. Tal vez si ellos no te hubieran encontrado primero ellos seguirían con vida y podrían conseguir la iluminación, pero no fue así. Si ellos están muertos es porque tú no les ensañaste el bien del mal, porque desobedeciste las leyes celestiales, por eso tuve la obligación moral de entregarlos.

»Yo…yo no sabía qué el Magistrado iba matar a todos. Le supliqué que aunque sea dejara a los niños al cuidado del templo, nosotros los guiaríamos por el buen camino; pero él no quería, insistió que era su deber mostrar a todos que quienes no cumplían las leyes divinas debían sufrir las consecuencias de sus actos, al igual que sus generaciones anteriores y posteriores, así estaba escrito.

»Sé lo que hiciste en la casa del Magistrado, te convertiste en un dios de la muerte, incluso mataste inocentes por tu sed de venganza. ¡Una niña! ¡Mataste una niña! ¡¿Qué culpa tenía ella?! No… no puedo echarte solo a ti la culpa de esto, ¿qué culpa tenían esos niños de los crímenes de sus padres? Es lo mismo, es el ciclo del karma cerrando lo que yo empecé con mis acciones, por puras  y morales que hayan sido. Yo, yo —suspiró resignado—… haz lo que tengas que hacer».

Tigre agazapado, dragón escondido (VIII)


Los asaltantes aprendían rápido y me tenían un gran respeto, por eso siempre intentaban darme lo mejor del botín y las mejores comodidades. Yo siempre me negaba, no quería nada de eso, no lo necesitaba, yo estaba ahí para aprender y estaba feliz ahí. Ellos se preguntaban qué podría estar yo aprendiendo de ellos, cuando yo les enseñaba tanto. Era imposible que supieran que con cada acción que observaba de ellos, sentía que me acercaba más a encontrar mi Dao y eso era más valioso que la plata y el oro.

Un día, los asaltantes vinieron con un monje a rastras. Lo habían encontrado herido y les parecía una impiedad dejarlo morir. Lo cuidaron como a un padre y estaban felices de tener un hombre santo con ellos, era como si los dioses les sonrieran. Debo admitir además, que charlar con él era interesante, teníamos algunas veces puntos de vista muy similares, pero la mayoría de las veces eran como el día y la noche. Una de las cosas que más le molestaba era que hubiera entrenado a estas personas a asaltar y robar. Si uno quería ser bueno y lograr la iluminación, debían seguir las reglas que los divinos cielos nos habían dejado, por tanto no podía enseñarles esas cosas, eran inmorales. Tal vez en otro momento le hubiera dado la razón, como inmortal me era fácil mirar desde arriba y despreciar a estos asaltantes como basura, pero ahora era diferente. Los veía intentar sobrevivir, no por ellos, sino por los demás; se habían manchado para que el resto tuviera una mejor vida. Tal vez no serían iluminados jamás, pero les daban la oportunidad a los más jóvenes para que pudieran lograrlo. «Si los cielos son justos, los perdonaran —le decía—, solo tratan de sobrevivir en un mundo cruel que ya de por sí se olvidó de las divinas leyes». El monje entendía mi argumento, pero no estaba de acuerdo con mi modo de pensar y creo que jamás lo estaría, pero eso no importaba, era grato discutir con él.

Pasaron un par de meses y el monje se fue, era una lástima pero tenía que seguir su destino y no era con nosotros. Yo me quede un tiempo más, pero también debía marcharme. Los más pequeños querían que me quedara, pero los adultos sabían que tarde o temprano llegaría este momento y no dijeron nada. Hicieron una pequeña celebración y partí. Me sentía triste por la partida, pero también feliz, porque había logrado lo que en otros tiempos parecía imposible: aprendí de ellos.

Seguí recorriendo el país y siempre había algo que aprender, algunas veces bueno, otras, malo; pero siempre algo y eso era maravilloso. ¡¿Quién hubiera pensado que el inmortal que sabía todo, no sabía nada?! ¿Qué era saber cómo se construye un castillo a comparación de construir relaciones entre vecinos? ¿Cómo comparar comandar ejércitos legendarios con el velar por tu familia? Mi yo inmortal no veía necesarios estos conocimientos, pero justamente estos, ahora mi yo mortal comprendía, eran la base del Dao.

Después de años de haber viajado decidí que era tiempo de volver a ver a mi maestro, retrocedí todos mis pasos hasta llegar de nuevo a esa pequeña aldea de asaltantes, quería ver cómo les había ido… pero no la encontraba. Al principio pensé que se habían cambiado de lugar, pues fue una de las cosas que les dije que hicieran si veían que podía haber problemas, pero por mucho que seguí buscando no encontraba ni pista del lugar. Temí lo peor.

Seguí indagando y mis sospechas se volvieron realidad, todo el pueblo había sido arrasado y todos habían sido ejecutados, sin importar si eran culpables o no. Las mujeres, niños y ancianos fueron ejecutados como criminales. ¿Cómo podían haberlos encontrado y emboscado de esa manera? Yo les había enseñado todo lo necesario para evitar eso. La única posibilidad era que hubiera un traidor entre ellos. Me dolió, sentí un enojo contra ese traidor como jamás lo había sentido y, en ese momento, algo en mí se rompió, quería venganza y la obtendría aun si tenía que matar a todos en Zhongguo si era necesario.

Lo primero que hice fue averiguar dónde estaba el Magistrado que los ejecutó. Fue fácil para mí entrar a su mansión, fui sigiloso como un gato y cuando tenía que asesinar, lo hacía sin miramientos y nadie sospechaba nada. Cuando llegué a la habitación, lo encontré durmiendo plácidamente, una patada en la cara lo despertó instantáneamente. Estaba atónito, su cara le dolía y sangraba, tardó unos segundos en comprender lo que pasaba. Quiso llamar a sus guardias, pero no había nadie que pudiera oírlo alrededor. Lo volví a golpear y esta vez lo até para que no pudiera escapar y luego de un puñete en la cara, le dije que se callara. Le expliqué lo que quería, no me importaba matarlo a él también, pero no era necesario; como magistrado su deber era velar por la seguridad de todos y definitivamente una banda de asaltantes generaba un problema, hizo lo que tenía que hacer en cumplimiento de la ley que los mismos cielos habían impuesto… yo solo quería saber quién los delató, nada más. Su estoicismo era admirable, me dijo que no me lo diría aun si lo torturaba, y le creí. Lo amordacé y salí de ahí.

Tigre agazapado, dragón escondido (VII)


Me acerqué a ellos y les empecé a hablar. Al principio ellos estaban confundidos, pues no intentaba amenazarlos, suplicarles o negociar con ellos, simplemente les hablé. Mientras les iba hablando, iban poco a poco bajando sus armas y empezaron a escucharme. Lo que les decía, les debe haber parecido la cosa más extraña del mundo. Le hablaba de la vida y  de lo imposible. Ya nadie quería atacarme, pero uno de ellos se acercó, andaba con un paso que indicaba peligro y otro mortal tal vez se hubiera aterrorizado al ver a semejante masa de músculos yendo hacía él, pero no era mi caso. «¿Eres acaso un Buda, maestro?», exclamó el hombre con aire a muerte. No supe qué responder, esa pregunta no la hubiera esperado jamás.

«Ni Buda ni dios —les dije—, solo un simple mortal buscando el Dao». Los hombres se arrodillaron ante mí y me pidieron que les enseñe a buscarlo. «No soy un maestro ni quiero serlo —les respondí—, pero si desean pueden ir a buscar a alguien que es un verdadero maestro entre maestros». Vi como muchos de los ojos que brillaban con ilusión se fueron apagando. «Maestro –me explicó el líder—, somos simples hombres que deben alimentar a sus familia. No podemos alejarnos de este lugar». Me contaron que todos ellos antes de ser bandidos eran simples agricultores, pero las constantes guerras destruyeron todo lo que habían creado. Primero fueron reclutados a la fuerza y tuvieron que dejar a sus familias y luego tuvieron que escapar del ejército cuando supieron que su poblado había sido atacado por el enemigo, cuando volvieron todo estaba destruido, muchos de sus familiares habían sido capturados, otros asesinados y solo un puñado había logrado escapar. Ahora no podían ser egoístas, buscar el Dao y abandonarlos, eso no era algo que ellos podían hacer. Les dije que podían ir con ellos a ese lugar, donde había paz y tranquilidad y la guerra no tocaba, mas me argumentaron que muchos eran ancianos y niños que no podrían soportar viajes largos por llegar a un paraíso. ¿Valía la pena el sacrificio de unos por el bienestar de los demás? Para mí la respuesta era obvia, pero ellos no lo creían así: «Los cielos siempre se olvidan de nosotros, nos dejan a la deriva, solo podemos seguir con nuestras vidas lo mejor que podamos, ayudándonos entre nosotros, esperando el momento en que seamos, nosotros o nuestros hijos, dignos de nuevo del cuidado celestial». También habían sido abandonados, pero en vez de maldecir su vida seguían adelante, esperando la oportunidad imposible. Eso lo habían descubierto ellos mismos, sin un maestro que les enseñara, eso me pareció fascinante, así que hice algo que como inmortal no lo hubiera pensado: decidí quedarme con ellos y aprender.

A ellos les enseñé técnicas avanzadas de agricultura, combate y escritura, también les enseñé el arte de asaltar. Cuando supieron que les iba a enseñar eso, quisieron evitar que lo hiciera, pues pensaban que un ser como yo no debería inculcar ese tipo de cosas, pero yo insistí. De nada les iba a servir lo otro que les estaba enseñando si no sobrevivían primero una temporada hasta que pudieran aplicar las otras enseñanzas. Obviamente les puse reglas, no podían asaltar indiscriminadamente. Tenían que hacerlo a buenos blancos y esporádicamente. Si lo hacían muy seguido, alguien vendría a exterminarlos, pero si mantenían un perfil bajo, podrían sobrevivir sin problemas.