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Tigre agazapado, dragón escondido (III)


Volvemos con el cuento! Si se perdieron las otras partes, aquí les dejo los enlaces: Parte I y Parte II

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En el río, como en el día anterior, había muchos peces y me era imposible coger uno. Me sentía inútil. Volví a la choza y cogí la cuchilla, luego agarré una rama y la corté de tal manera que pudiera usarla de arpón. Empecé a usarlo y luego de lo que pareció ser una eternidad, logre conseguir atrapar mi tan ansiada comida. Podía sentir mi saliva inundando mi boca y mi estómago rugir como un tigre. En ese momento me di cuenta de algo importante: el pescado no podía comerlo así, tenía que cocerlo. Agarré dos piedras, un poco de yesca e intenté prender una fogata, no pude. Me sentí un inútil. ¿De qué servía tener todos los conocimientos del universo cuando no podía siquiera prender una mísera fogata?

Me sentí abrumado y, por primera vez en toda mi vida, perdido.

Maldecía el miserable estado en el que me encontraba y mientras lo hacía, llegué a escuchar un ruido curioso que provenía de la catarata. No sé qué me hizo acercarme pero cuando lo hice, me encontré con algo más extraordinario que mi hambre o sed. Había una carpa que intentaba subir por la catarata y se movía con tanta fuerza que hacía ese sonido particular. Lo miré sorprendido y ya no me importaba mi hambre o lo inútil que me sentía, verla era algo extraordinario, pues era un ser que estaba en un peor estado que yo.

Me quedé viéndola hasta que el sol estuvo a punto de ocultarse y ella paró. Se sumergió y al desaparecer el motivo de mi asombro, el hambre volvió. Cogí al pescado que estaba aún en el arpón y con los últimos rayos del día, le quité las escamas, la piel y empecé a comerlo crudo. Luego regresé a mi choza a tientas, pero al menos en algo había paliado el hambre. Intenté meditar en la oscuridad del lugar, pero no podía. Antes podía meditar con la facilidad con la que el halcón vuela, pero ¿ahora? Me era imposible. Me sentía perdido y desalentado. No entendía por qué los divinos cielos me habían abandonado, ¿qué querían de mí? Apesadumbrado, no me quedó otra cosa que hacer que dormir.

Me desperté aún de noche tiritando de frío. No tenía nada para abrigarme más que las ropas que tenía puestas. Me fui a una esquina y me acurruqué lo mejor que pude. No podía creer lo débil que era el cuerpo mortal. Fue en ese momento que odie todo y a todos. Ya no quería sentirme así de débil, pero no había nada que pudiera hacer.

Al salir el sol, quise salir; pero me encontraba con dolor de cabeza y me sentía mareado. A pesar de lo fresco de la primavera, sentía como si estuviéramos en el más ardiente verano y la sed era terrible. Con las pocas fuerzas que tenía y a pesar de todo, me arrastre hacia el río para tomar algo de esa deliciosa agua y refrescarme. El calor era insoportable y cada vez que avanzaba, sentía que iba a morir. Tarde una eternidad en llegar al río y mi ropa estaba ahora mezclada con sudor y tierra, la sensación era desagradable, más que eso, asquerosa. Cuando por fin llegué al agua, bebí todo lo que pude, parecía que mi sed jamás se iba a calmar. Mientras disfrutaba el agua, volví a escuchar ese sonido tan particular y a pesar de mi insoportable dolor de cabeza, pude ver de nuevo a esa carpa que seguía queriendo remontar la cascada. Su situación era tan absurda como la mía.

Vi que lo intentaba una y otra vez. Tan enojado me encontraba con mi situación que empecé a gritarle al pez. Le dije que dejara de intentar ir contra lo que era imposible; que no sabía la diferencia entre el cielo y la tierra; que un pez era y siempre sería un simple pez, incapaz de ser algo en la vida mas que alimento. La carpa se detuvo y nadó hacía mí, me observó detenidamente y luego se fue. Al parecer, yo no era digno ni siquiera de una asquerosa carpa, me reí fuertemente y me desmayé.

Tigre agazapado, dragón escondido (II)


¡Continuamos con la historia! Espero que la disfruten:

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Seguí meditando por innumerables años, intentando alejarme del enigma que aquejaba mi corazón. Gané infinidad de conocimiento en todas las ramas del saber mortal e inmortal, no había nada que no supiera. Conmigo a mi lado cualquier mortal podría volverse emperador del país y luchar contra los propios dioses. Nada era imposible para mí… excepto encontrar mi Dao.

Decepcionado de mí mismo, decidí salir de la choza.

Paseé por el lugar. Era encantador y daba una paz extraordinaria, pero mi corazón seguía pesado. Mientras seguía pensando en eso, algo extraordinario pasó: me dio sed. Al principio pensé que era mi imaginación, era imposible que alguien como yo tuviera sed. Sin embargo cada vez la sensación se hacía más intensa y por fin me acerqué a la catarata a beber. Cuando al fin la apacigüé, algo tan extraordinario como la sed sucedió: me dio hambre. No podía entender cómo podía estar pasándome eso. Desde que en convertí en inmortal, nunca tuve necesidad de comer o beber, sin importar si estuviera en un desierto o en una tundra, yo había dejado las necesidades mortales y sin embargo había tenido que beber agua y ahora tenía que comer algo. No entendía qué estaba pasando, eso me aterró y, he de admitir, me maravilló.

Me provocó comer pescado, algo que jamás hubiera hecho antes porque desde mis inicios como mortal odiaba el pescado. Me senté a meditar para calmar mi hambre, las tentaciones terrenales no podían ganarme. Al principio parecía que podía calmarla, pero mientras el sol se iba poniendo, mi estómago empezaba a rugir y las aves que ya deberían estar yéndose a dormir, seguían pescando y comiendo su presa delante de mí, mirándome fijamente, como mofándose del hambre que podía tener un inmortal. Así, por primera vez en muchas generaciones, tuve que pescar.

Me acerqué a un lugar con una gran cantidad de peces e intenté cogerlos con la mano, ¿qué problema podía tener alguien que cogía flechas en el aire con la facilidad con la que se coge una tortuga? Nada, no podía cogerlos, infinidad de peces en el río y no podía agarrar ninguno y el hambre aumentaba. No entendía lo que estaba pasando y corriendo me fui a la choza. Cuando el sol se ocultó completamente, el paisaje se oscureció y no podía ver nada. ¿Cómo podía ser eso posible si antes podía ver en la noche más oscura como si fuera el día más brillante? Tuve un mal presentimiento y a tientas logré llegar al sitio. Ahí, agarré una cuchilla que utilizaba para tallar y me corté el dedo. La sangre explicaba mi mayor temor, me había vuelto mortal de nuevo pues antes no había mera herramienta pudiera hacerme daño. No entendía qué había pasado, ¿acaso el hecho de no haber encontrado el Dao por generaciones me convirtió en lo que era en ese momento? ¿Era posible eso? Me aterró la idea y esa noche, el cansancio, una sensación que había olvidado hace tiempo me poseyó; pero a pesar de eso no podía dormir.

Al salir el sol, volví al río. Tenía de nuevo sed y mi hambre era imposible de reprimir. Donde estaba habían muchos frutos, pero me daba miedo comer uno de esos, podían ser venenosos y podía morir… verdaderamente morir. Preferí pescar.