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A ustedes en estas fechas


De calientes navidades,
con sol infernal,
con chocolate caliente,
con pavo humeante, crujiente,
con la familia reunida, riendo
conversando, alegres,
con panetón a la mano,
con los niños y sus regalos,
con los padres y los hermanos,
algunos celebrando a Cristo,
otros celebrando a la familia,
a los amigos, a los amantes,
así son las navidades en mi casa
y espero que en todas las casas,
por eso queridos y estimados,
yo les deseo en este año,
una feliz navidad
y que la gocen como quieran,
pero siempre con la alegría de las fiestas.
¡Feliz Navidad!

Sin nombre navideño


«Navidad, Navidad aburrida navidad», pensaba Anthony Boringson, hijo de un pastor recto y extremadamente religioso. Todas las navidades, el pastor celebraba las fiestas con gran sobriedad, pues no creía que dando grandes regalos o cenas fabulosas siguiera el ejemplo de pobreza del Señor. Anthony odiaba eso, ¿por qué su padre tenía que ser así? Veía a los demás niños recibiendo increíbles regalos y siempre hablando de lo que comieron, ¿y él? Solo podía contar lo mucho que rezaron y lo increíblemente normal que era su comida  (papas horneadas con vegetales y algún tipo de carne a la cacerola). Hubiera querido con todas sus fuerzas tener una Navidad diferente alguna vez en su niñez.

Ahora Anthony era un adulto, tenía un buen trabajo de adulto, y vivía su vida de adulto lejos de su familia, aunque los visitaba frecuentemente nunca lo hacía en las fiestas. No era que no pudiera, simplemente no quería: su padre lo aburría. No era que lo odiara, eso no; amaba a su padre y él era el ejemplo que siempre seguía cuando tenía dificultades éticas, pero siempre en estas fechas lo aburría. Prefería no pasarlo con ellos y así no tener que volver a pasar esos momentos de aburrimiento como en su niñez. Era un hombre adulto con la madurez festiva de un niño.

El estimado lector de esta historia se preguntará, ¿si ya no estaba aburrido con su familia, por qué seguía pensando que la Navidad era aburrida? Muy fácil, Anthony nunca aprendió a divertirse en Navidad y no me refiero a bailar, eso lo hacía… bueno, al menos parecía un ser humano cuando bailaba, pero igual se divertía al hacerlo. No, Anthony no se divertía en las navidades porque no entendía el punto de esa fiesta. Claro, sabía que era el nacimiento de Jesús (cómo no saberlo si su padre lo contaba todas, TODAS las navidades de la misma manera), sabía lo que eso significaba, pero no entendía verdaderamente por qué se le daba tanta importancia, ¡hasta los japoneses celebran la Navidad! Esa fecha no era nada más que un día más para él.

Ahora estimado lector, dejemos al pseudo Grinch por un momento y vayamos al departamento vecino (Anthony vivía en un hermoso edificio de cuatro pisos, diseñado para darle mayor comodidad posible a los dueños y también los mayores ingresos a la constructora). Ahí vivía Bruno Díaz (papá Díaz era fanático del Batman del mismo baticanal a la misma batihora), fanático número uno de la Navidad y uno de esos locos que cantan villancicos todo el año y hasta en el karaoke. Tenía decorada toda su casa con los tradicionales verde y rojo, además de mucho dorado y por primera vez en toda su vida iba a tener en su casa algo que jamás imaginó que podría conseguir en un desierto radiactivo como lo es Lima, un pino de verdad. Estaba muy emocionado por ello, al fin podría tener su casa como siempre había querido y para celebrar las fechas llamó a todos sus amigos y conocidos que no iban a verse con sus familias ese día. Uno de ellos como ya se podrán imaginar, era Anthony.

Este aceptó ir simplemente porque era eso o ver las mismas películas de siempre y si le daban de comer, mejor porque no tenía ganas de cocinar. Cuando entró a la casa de Bruno, se sintió en un centro comercial. Se arrepintió de su flojera, pero ya no podía salir, el anfitrión se le acercó para conversar con él. Bruno era una persona con la que podía conversar, sabía de casi todos los temas, excepto cosas de deporte y tenía algo en el que permitía que los demás se abrieran y entraran en confianza rápidamente, además cuando Bruno le dijo que era ateo, pensó que podría encontrar una persona que sintiera la Navidad tan vacua como él, no podía haber estado más equivocado.

Conversó con los otro invitados y se sintió bien al saber que había ahí gente como él que no le importaban las fiestas y que se burlaban calladamente de la decoración tan estrafalaria de Bruno. Era una mejor reunión de lo que esperaba cuando ingresó a la casa. Seguían conversando y bebiendo cuando el intercomunicador sonó. Bruno se acercó para hablar con el portero y si alguien hubiera estado lo suficientemente cerca, hubiera escuchado que, emocionado, le dijo al guardián que dejara pasar a sus invitados.

Cuando abrió la puerta Anthony vio a una familia, trigueños, de cabellos oscuros y ropas que aunque seguramente eran las mejores que tenían, se veían gastadas por el uso. Eran cuatro, los padres, una niña de unos 8 años y un chico de unos 15. Nadie dijo nada pero las miradas lo decían todo. Bruno los hizo pasar y se puso a conversar con ellos por buen tiempo. La niña estaba encantada por todo lo que veía, a Anthony ella le hacía recordar a su yo de niño cuando esos adornos era maravillosos y casi mágicos. El chico estaba callado y casi siempre miraba hacia el suelo, otra persona hubiera pensando que era por timidez, pero Anthony sabía que no era eso, era aburrimiento. Esas pose y muecas es la que hacía en todas sus navidades junto a su padre.

Anthony estaba enojado con Bruno por lo que estaba haciendo; estaba mostrando a todo el mundo a su “proyecto navideño”. Seguro quería que todos supieran lo bueno que era: “¡oh! ¡miren al buen ateo ayudando a los más pobres! ¡qué buena persona es!” Sentía asco por ese tipo de personas.

Estaba lo suficientemente bebido como para armarse de valor y decírselo en su cara, pero no lo suficiente como para hacer una escena en frente de todos. Aprovechó un momento en que se fue a la cocina y lo encaró.

Lo dijo sin diplomacia, tan poca fue que Bruno no sabía de qué estaba hablando. Tuve que pedirle que le explicara de nuevo lo que trataba de decir. Eso molesto mucho a Anthony y le dijo todo lo que pensaba con palabras que jamás podrían decirse en el horario de protección a menores.

El narrador de esta historia le hubiera roto el hocico o se hubiera acordado de toda la genealogía de Anthony mas no Bruno. Él tomó un sorbo de su gaseosa y le dijo que él invitaba a quien le diera su regalada gana y si no le gustaba se podía largar de ahí. Anthony no se dejó amilanar y le volvió a insistir, esta vez con más fuerza. Anthony no podía creer lo hipócrita que era; a pesar de ser ateo celebraba la Navidad con más parafernalia inútil que el resto, pero no celebraba los valores de esta. Solo quería verse bien ante los demás, incluso si tenía que utilizar a una familia de pobretones para sus fines. Todo se trataba de la imagen para él.

Bruno Díaz ahora sí hizo lo que el narrador hubiera hecho desde el principio y con un ¡KAPOW! estruendoso y un ojo morado terminó la conversación. Tirado en el suelo Anthony estaba reuniendo fuerzas para devolver el golpe, no iba a permitir que un egocéntrico como ese lo atacara de esa forma. «Si te vuelves a meter con mi familia, te mato -dijo Bruno con una frialdad que lo paralizó-, ahora lárgate».

Anthony se fue de la casa avergonzado. Entró a su casa, se fue directo a su refrigeradora y se puso hielo en el ojo. No prendió ninguna luz, quería a estar a oscuras. No comprendía por qué había reaccionado así. Incluso si en verdad utilizaba a esa familia, ¿cuál era el problema? No era ni la primera ni la última persona que haría eso en estas fechas. No era como si él fuera el gran defensor de la Navidad, no tenía que haberle importado. Tomó un poco de whisky para mitigar el dolor y por la ventana se puso a ver las decoraciones de las casas. Otra Navidad aburrida y para colmo, dolorosa.

Se quedó dormido en un sillón y despertó al sonido del timbre, era Bruno. Abrió la puerta, no tenía nada qué perder. Bruno estaba calmado y arrepentido por el golpe. No era típico de él, pero las palabras de Anthony fueron más de lo que podía soportar. «¿Se puede saber por qué te portaste como un imbécil?», le dijo arrepentido, pero aún molesto aunque le dio un analgésico y también una bolsa con hielo. Anthony se sirvió otro trago, le ofreció algo a su golpeador y luego le contó su historia.

«Sigo sin comprender por qué lo hiciste». Era cierto, no tenía sentido. Anthony luego de tomar su trago de un sorbo, se disculpó. Bruno le dijo que no había problema, al final de cuentas, no era quien había sido golpeado. Comenzaron a hablar de tonterías y el ambiente estaba más relajado. Por fin nuestro protagonista golpeado, bebido y aburrido le preguntó acerca de su familia a Bruno Díaz cuyo personaje de cómic favorito era, obviamente, el hombre araña.

«En sí, no son exactamente mi familia -empezó a explicar luego de dudarlo un poco-, pero para mí lo que menos importa son los lazos sanguíneos. Hubo una época en que me iba realmente mal, basta decir que me sentía perdido y no sabía qué hacer con mi vida. Ahí fue donde conocí a Hermenegildo, me ayudó en lo que pudo y muchas veces a costa de su propia comodidad. Luego cada uno tomó un camino diferente: él empezó una familia y a mí me empezó a ir mucho mejor y siempre seguíamos en contacto.

»Su vida no es mala, no sufre de ningún problema y su familia es feliz; pero no tienen mucho dinero y está Navidad es para ellos la peor de todas, no tienen ni dinero para darles algún regalo a sus hijos. Así que los invité y siguen felices ahí».

Anthony se sintió estúpido. tan lleno se sentía de justicia navideña que no pensó en todas las posibilidades, solo quería… sentirse bien consigo mismo. «Lo siento», dijo con absoluta sinceridad. Bruno lo abrazó y lo invitó de nuevo a su casa, quería que pasara la Navidad con él y su familia. Aceptó dubitativo, aún le dolía el ojo, pero más que eso, no sabía si era buena idea que pasara el tiempo con la familia de alguien más. «Tonterías -le dijo Bruno-, Naivdad es una fiesta para compartir con la familia y los amigos, es una fecha única».

¿Cómo era posible que Bruno dijera algo así? ¿Acaso no era un ateo confeso? ¿Por qué tenía esa idea (y un poco de obsesión) de la navidad? Anthony estaba verdaderamente intrigado, ni siquiera su propio padre tenía un espíritu tan festivo. Antes de cruzar la puerta de Bruno, se lo preguntó, tenía que saberlo.

«Bueno que sea ateo no tiene mucho que ver en esto. No es que crea en Jesús o que este día sea su nacimiento, podría contarte de mil razones por la cual no debería ser este día si es que en verdad existió. No, eso no importa en absoluto. Para mí, la belleza de este día es que es uno de los pocos en que muchas familias se reúnen a compartir, a ser verdaderas familias y son felices. Además, por muy mercantilista que sea la fecha, no hay nada mejor que ver la ilusión de los niños al abrir sus regalos. Mis ahijados nunca han tenido grandes regalos, pero siempre veo el mismo rostro de alegría que si le compraran un Playstation. Eso es lo hermoso de estas fechas y no hay que ser creyente para disfrutarlas».

Anthony lo pensó y se dio cuenta que era cierto. En su niñez podía estar aburrido, pero el calor que sintió en su hogar era diferente al de los demás días. ¿Qué importaba lo normal que eran sus comidas cuando reían y disfrutaban de la cena? ¿Qué importaban los regalos si nunca le faltó amor? Ese día solo le sirvió para entender lo estúpido que era, pero de una manera nueva y refrescante, no sabía cómo explicarlo, pero se sentía bien.

Abrieron la puerta y unas fechas que dejaron de ser aburridas para Anthony comenzaron y se sintió feliz y en paz. por fin entendió verdaderamente de qué trataba la Navidad.