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A los peruanos


En estas elecciones,
no voten por tipejos,
que son unos huevones
mas se creen muy pendejos.

No crean las promesas
de los que ofrecen oro,
luego vienen con bajezas,
pues solo quieren robo.

¡Piensen bien su voto!
Pues si eligen criminales
les patearan el poto
¡y les pondrán bozales!

Ya han visto lo que pasa
si se elige a la calaña
pues son de conciencia escasa
pero tiene mucha maña

Cuidado por quién votan
es hora de cambiar
que si a un malo empelotan,
¡jodidos hemos de estar!

A cocachos aprendí


Bueno, hoy me toca presentarles a a un gran señor como no se ha visto ya, experto en coplas y décimas, el gran Nicomedes Santa Cruz. Este es uno de sus más famosos poemas, el lo tituló “La escuelita”, pero la mayoría lo conoce por su primera estrofa “A cochachos (golpes) aprendí”.

Abajo puse un video con su voz recitando el poema por si desean escucharlo.

 

A cocachos aprendí
mi labor de colegial
en el Colegio Fiscal
del barrio donde nací.

Tener primaria completa
era raro en mi niñez
(nos sentábamos de a tres
en una sola carpeta).
Yo creo que la palmeta
la inventaron para mí,
de la vez que una rompí
me apodaron “mano ‘e fierro”,
y por ser tan mataperro
a cocachos aprendí.

Juguetón de nacimiento,
por dedicarme al recreo
sacaba Diez en Aseo
y Once en Aprovechamiento.
De la Conducta ni cuento
pues, para colmo de mal
era mi voz general
“¡chócala pa’ la salida!”
dejando a veces perdida
mi labor de colegial.

¡Campeón en lingo y bolero!
¡Rey del trompo con huaraca!
¡Mago haciéndome “la vaca”
y en bolitas, el primero…!
En Aritmética, Cero.
En Geografía, igual.
Doce en examen oral,
Trece en examen escrito.
Si no me “soplan” repito
en el Colegio Fiscal.

Con esa nota mezquina
terminé mi Quinto al tranco,
tiré el guardapolvo blanco
(de costalitos de harina).
Y hoy, parado en una esquina
lloro el tiempo que perdí:
los otros niños de allí
alcanzaron nombre egregio.
Yo no aproveché el Colegio
del barrio donde nací…

 

Masa


Las musas al parecer se están tomando unas merecidas vacaciones porque no se me ocurre nada que escribir, sin embargo, para no perder la costumbre de postear todos los días, les presento un poema de uno de lo más grandes poetas peruanos, César Vallejo. Creo que publicaré poemas y cuentos de mis escritores peruanos favoritos hasta que regresen de su merecido descanso; pero por ahora… disfruten este hermoso poema.

Al fin de la batalla,
y muerto el combatiente, vino hacia él un hombre
y le dijo: «¡No mueras, te amo tanto!»
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.

Se le acercaron dos y repitiéronle:
«¡No nos dejes! ¡Valor! ¡Vuelve a la vida!»
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.

Acudieron a él veinte, cien, mil, quinientos mil,
clamando «¡Tanto amor y no poder nada contra la muerte!»
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.

Le rodearon millones de individuos,
con un ruego común: «¡Quédate hermano!»
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.

Entonces todos los hombres de la tierra
le rodearon; les vio el cadáver triste, emocionado;
incorporóse lentamente,
abrazó al primer hombre; echóse a andar…

Tristitia


Hoy haré algo diferente. El poema que escribí ayer me hizo recordar uno que leí hace mucho tiempo de uno de mis autores peruanos favoritos: Abraham Valdelomar y vale la pena que ustedes que seguramente no lo han leído lo conozcan un poco, vale la pena.

Mi infancia, que fue dulce, serena, triste y sola,
se deslizó en la paz de una aldea lejana,
entre el manso rumor con que muere una ola
y el tañer doloroso de una vieja campana.

Dábame el mar la nota de su melancolía
;el cielo, la serena quietud de su belleza;
los besos de mi madre, una dulce alegría,
y la muerte del sol, una vaga tristeza.

En la mañana azul, al despertar, sentía
el canto de las olas como una melodía
y luego el soplo denso, perfumado, del mar,
y lo que él me dijera, aún en mi alma persiste;

mi padre era callado y mi madre era triste
y la alegría nadie me la supo enseñar.